Un error imperdonable

«Llegó el sábado 26 de mayo del 70. Frío, con una persistente y fina llovizna de otoño. En la fonda de la cancha de paleta de don Pedro Aramburu se habían congregado los peones de estancia y los trabajadores changarines del pueblo.»

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Historias de Iriarte

Cuentos de Oscar Marzol

Apolinario Díaz llegó al poblado el 26 de mayo del 48.  Traía consigo al pequeño Darío, hijo de su unión inadecuada, casual, despiadada y cruel con Margarita… (sólo supimos su nombre por el relato casi inconsciente en una tarde de alcohol).  Apolinario la mató, – sólo Dios sabrá por qué – primero de pena, luego a golpes y finalmente con una feroz puñalada, a la vuelta de un entrevero con los mensuales de la estancia donde trabajaba.

Estuvo preso casi seis años en Melincué. A Darío lo crió su tía.

Había nacido en B. Larroudé y su infancia carecía de cariño alguno. Tez morena, muy morena, flaco, de hombros caídos por el peso de las bolsas de cereal en los galpones, cara cortada por pliegues verticales de expresión, ojos negros sobre un fondo color hueso seco, orejas grandes, nariz prominente y un cigarro armado a mano con tabaco molido en bolsitas, papel en caja y un toque ligero de punta a punta con la lengua.  Caminaba lento, con un leve parecido al simio, ya que sus brazos eran más largos que los normales.

Llevaba en su mochila la pena de aquella injusta muerte y el reproche silencioso de su pequeño hijo, que nunca pudo entenderla. No hablaban casi entre ellos, sólo permanecían estrechamente juntos. Caminaban, hacían las compras, si uno conseguía trabajo el otro debía estar incluido y eso lo sabía toda la gente del pueblo.

Se instalaron en un desvencijado rancho de las orillas, cuyo patio barrían y regaban con una latita, todas las tardes.

Darío vio a su padre llorar algunas noches, pero nunca se animó a preguntarle.

Conchabado temporalmente en la estancia Los Querandíes, al cuidado de la alimentación de la ternerada guacha de los tambos, cansado como nunca se tiró en el catre. Dionisio Contreras, su compañero de tareas, enlistó el sulky aquella noche y se fue al pueblo, sin permiso del patrón.  Se mamó bien mamado en el boliche de Padilla y al regresar desarmó el vehículo en el esquinero de la tranquera de entrada.  Reaccionó sólo como para volver a pata, hasta el casco de la estancia. Tomó cuidadosamente una botella de vino que estaba en la pequeña alacena de la cocina y dirigiéndose al cuarto de Apolinario, le ensució su ropa con un poco de alcohol y dejó la botella a los pies de la cama.

Amanecía el domingo cuando se escucharon los gritos de Don José – el patrón -, que ya enterado del accidente, se quería comer a toda la peonada.

Entró lentamente a los dormitorios, prestó mucha atención a todo lo que veía y ya sin duda alguna, le pegó el grito a Apolinario :  “ Levantate negro, casá las pilchas y mandate a mudar ”. “ No sé de qué me está hablando, patrón ”.  “ Ya lo vas a entender bien cuando se te pase el pedo ”.  “ Pero, don José, yo no he tomao una gota ”. 

Don José era bueno, calmo, pero manejaba todo con la mirada y esa mañana parecía un lobo.

Apolinario comprendió que era inútil. Armó su pequeño atadito de ropa, se calzó el facón en la espalda bajo la faja de lana negra, lo miró con desprecio al Dionisio, dirigiéndole unas palabras que sólo ellos recordarían …y se fue.  Aquella historia de la muerte de su mujer lo dejaba desprotegido permanentemente frente a todos….¡ y vaya si él lo percibía !….

Se encontraron frente a frente unos días más tarde en una partida de truco junto al Ramiro Montiel y el Mandinga Hernández.  Dionisio y su compañero perdieron el partido, pero a la hora de pagar lo volvió a primeriar diciendo: “Que pague el negro, que le debe mucho a la vida.  Para estar en este pueblo, hay que estar muy preparao, porque somos muy ligeros ” (el resto celebró la ocurrencia con una risotada ).

Apolinario lo miró y le dijo : “Ligero sos de jeta, pero no te descuides con las manos. Alguna vez te va a sorprender un brillo,..que te calme”.  Pagó y se fue.

Pasaron algunos años pero Apolinario no encontraba plena armonía entre los parroquianos, quienes a partir de aquella noche y por influencia del Dionisio comenzaron a llamarlo “luz mala”, en alusión directa al brillo premonitorio de su amenaza.

Darío creció, el pueblo lo adoptó amablemente, se “juntó” con la hija menor de Estanislao Billalba y se fue de peón a La Pastoril, en el pueblo vecino.

Llegó el sábado 26 de mayo del 70.  Frío, con una persistente y fina llovizna de otoño.  En la fonda de la cancha de paleta de don Pedro Aramburu se habían congregado los peones de estancia y los trabajadores changarines del pueblo.  Dos faroles a kerosene iluminaban el salón con piso de madera. Mesas redondas para el juego ; cigarrillos negros ; olor a alpargatas húmedas ; gritos pidiendo una caña, un cinzano con fernet, una legui ; platitos con porotos para los tantos ; cáscaras de maní, tapitas de cerveza y puchos, por todo el piso – los típicos ceniceros triangulares de cinzano, sobraban – .

Apolinario llegó a eso de las 23.  Ató su caballo a un ombú paraguayo que había en la vereda, dio vuelta el cuero de oveja del recado para que no se mojara, guardó la linterna entre los mandiles…y entró.

Los miró a todos, pero casi sin mirar a nadie.  Sólo reparó que estaba allí el Dionisio, con una mirada sobradora entre los labios.  Fue saludando poco a poco, se pidió un gancia con limón y se puso –  como todos –  a hablar un poco al pedo.

Los bien casados se fueron yendo.  Los más rebeldes ó sin compromiso, comenzaron a sentarse armando mesas para el truco.  Apolinario esperó un buen rato como para evitar conflictos, pero al final se dio cuenta que había quedado enredado otra vez bajo la órbita de Dionisio, sus compadres y seguidores.  Lo invitaron a sentarse y aceptó….

Como para no generar situaciones de malos entendidos, se tiraron los naipes para designar las yuntas.  La sorpresa de todos fue grande cuando resultaron compañeros Apolinario y Dionisio.  Cargaditas van y vienen, gritos de aprobación y reproches por las jugadas – tanto de adentro como de afuera -, el partido se fue desarrollando tranquilamente.  Faltaban 3 tantos para el final y estaban empatados.  Los rivales gritaron envido y a ellos les pareció conveniente no aceptarlo.

“ Truco gritó, apresurado, uno de los contrarios”.  Dionisio, haciéndole previamente una mueca a su compañero en señal de estar totalmente ciego – que los otros percibieron – , pero en ánimo a que los rivales pensaran que los tantos de la levantada los sacaría fuera del partido y se achicarían, les mandó el “quiero, retruco”.   

Habían hecho – de casualidad – la primera con un ancho falso y a Apolinario le quedaban un seis de oro y un cuatro de copas.  Cuando en la segunda mano, Dionisio depositó sobre la mesa un infame cuatro de bastos, Apolinario se sintió ofendido.

En la tercera mano, Dionisio, con sobrada ironía y un ademán soberbio, hizo explotar en la mesa, el as de espada y dirigiéndose a Apolinario exclamó : “ahí tenés, negro cagón, cómo juegan los que saben” ; “no te hice la seña, porque te ibas a entregar solo” ; “en la vida, hay que saber arriesgar para ser macho”….  Era demasiado.

Apolinario pegó un salto de su silla de madera con asiento de esterilla, que rodó por el suelo y sacando – con los ojos nublados por la bronca – el facón de su cintura, lo clavó en el centro de la mesa, ensartando – paradójicamente – el as de espada.  La luz de uno de los faroles se reflejó en la hoja del cuchillo y fue a dar directamente a los ojos del Dionisio, que estremecido, no se animó a pronunciar palabra.

“Pido disculpas, pero es mejor que…………” . No terminó la frase.  Salió en silencio del boliche.  Desató el caballo, dio vuelta el cuero, se enfundó en su encerado amarillo y partió al tranco lento.

Sólo Dios sabrá por qué, nunca  más regresó al pueblo.

                                                                                  26 de Octubre de 2007 

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