Atilio

«Nunca le importó – porque yo presiento que así fue – ni el baile en sí mismo, ni los partidos que no entendía. Sí le importaban un buen choripán y un vaso de tinto que alguien se encargaría de acercarle; y sobre todo, esperaba el cariño familiar del que tan mezquinamente lo había dotado la vida. Y tuvo su mayor familia en el pueblo entero.»

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Historias de Iriarte

Cuentos de Oscar Marzol

Atilio Morales, o mejor dicho, el loco Atilio, fue por fuerza del destino el personaje de Iriarte.  Él no supo mucho de su edad pero sí sabía tener los mismos años que Pepe Costantini,  ya que hicieron el servicio militar juntos.  De cara alargada, con la boca algo torcida, tenía un timbre de voz especial y la dicción a veces confusa. Era flaco y con una especial forma de caminar como para que se lo distinga de lejos.  Galponero de los momentos fuertes del trabajo en el acopio de cereales embolsados en el Ferrocarril, no tuvo otro remedio que encontrar en la vida las únicas diversiones permitidas para su condición familiar, cultural y económica: la bebida y el pucho.  Y con esos compañeros podía amanecer – hasta hace poco –  con escarcha en la espalda tirado en una zanja.  ¡Pero, amanecía !

Siempre pensamos que nos dejaría tempranamente, por su mal comer, su desprolijo beber y su desabrigo continuo.  Sin embargo, todos sus compañeros de vida, como Américo, Apolinario Díaz, Ramón Hernández, Tevez, Cirilo Díaz, Barrientos,  se fueron mucho antes que él.

Si era mirado de reojo por los pequeños, un poco temerosos de ese aspecto de quijote y el propio mote de loco, y si también fue motivo de permanentes ironías por parte de los muchachones,  siempre, siempre fue entrañablemente querido por todos.

Aún lo veo – con los ojos de mi niñez – paradito, en silenciosa espera en la boletería de los bailes del Club San Martín, o frente a las redondeadas puertas de entrada a los partidos de papi fútbol.   El sabía – porque yo sé que lo sabía – que iba a ser acreedor al ingreso a cualquier lugar social del pueblo. Pero quizás un poquito más tarde, es decir, cuando ya todos habíamos entrado. Allí estaban controlando la entrada don Nicolás Mateljan, Ramón Moyano, el Gringo Belladelli, el Tono Agraso, Rómulo Quintana u otros… (¡quién de todos ellos no lo iba a dejar entrar ¡). 

Nunca le importó – porque yo presiento que así fue – ni el baile en sí mismo, ni los partidos que no entendía.  Sí le importaban un buen choripán y un vaso de tinto que alguien se encargaría de acercarle;  y sobre todo, esperaba el cariño familiar del que tan mezquinamente lo había dotado la vida. Y tuvo su mayor familia en el pueblo entero.

También lo veo – con lo ojos de mis años juveniles y mayores -, en cada velatorio y en cada entierro, sus manitos delante del cuerpo, en silencio, sosteniendo la roída gorra, despidiendo uno a uno a sus amigos.  Porque yo puedo no conocer a alguien de Iriarte, sea joven o viejo,  pero no Atilio.  El estuvo siempre, con todos.

Sin casa, conchabado solidariamente en lo de “los Loza”, se caía al pueblo, realizaba los mandados, masticaba algo en el camino,  se entretenía largo en cada lugar, negocio, carnicería, taller o panadería,  donde alguien le dijera  ¡qué hacés loco!.  Jeteó algún cigarro y caminó cuadras y cuadras en busca de una “pretensión desmedida”; esto es, conseguir uno o dos pesos.  Y volver, siempre volver.  Así, día tras día.

Ha habido otros personajes en mi pueblo, pero este es un ser imposible de olvidar.  Nadie pudo pasar a su lado sin decirle dos palabras.  Nadie hubiera osado cruzarse de vereda para no encontrarlo, como nadie pudo resistirse a brindarle una pequeña ayuda; ayuda que casi nunca se animó a pedir.

Jamás supo Atilio cómo eran el mar ni las montañas, si la tierra daba vueltas o no, si los coches tenían mayor o menor potencia, tampoco imaginó jamás que la ropa se elegiría por la marca y que existían muchas más clases de comidas que las pocas a las que tuvo acceso.

Sin embargo, quizá fue él quien me enseñó con qué poco se puede ser importante y con qué mucho podemos ser infelices.

Y quizá tampoco supo cuánto lo hemos querido, pero cada uno de nosotros sabrá siempre quién fue nuestro Atilio, el loco Atilio.

Esto sucedió en mi Iriarte, el pueblo que algunos creen es como tantos, pero no, porque es el mío…

Plural: 5 comentarios en “Atilio”

  1. Bellas y reales palabras…Gracias por traer éstos recuerdos y mantenerlos vigentes! Ambos pertenecemos a ese lugar cálido,entrañable, único y sabemos que nos ha marcado nuestra infancia,IRIARTE.Abrazo

  2. Bien ahi , es bueno recordarlo , en cada uno de nuestros Pueblos , existio alguien del Prototipo que encarna en Iriarte Atilio.-

  3. Cuanta ternura y nostalgia en Atilio tambien se fue una epoca ke los pueblos nos negamos a dejar , la epoca del personaje del pueblo que hace mandados y esas confianzas sanas …
    Bello recuerdo bien de pueblo

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