Pablo Bustos

«Un día, dirigiéndose a Martín Odriozola, vasco con un buen pasar, buen sentir y bastante mayor que él, le dijo “quisiera subirme a un caballo pero mi viejo me amenazó con una paliza si lo intentaba. ¡ Vos sabes como es el viejo…!”

Un comentario

Historias de Iriarte

Cuentos de Oscar Marzol

Pablito Bustos era un niño simpático.  Vivía con su alcohólico padre en una de los más precarios ranchitos de nuestro pequeño pueblo –  Iriarte – y no obstante su nula preparación cultural, él tenía abundancia de simpatía, sobredosis de respeto y una calidez humana envidiable.

Caminaba sin cesar por todo el pueblo ó en su defecto lo recorría en bicicleta prestada.

Un día, dirigiéndose a Martín Odriozola, vasco con un buen pasar, buen sentir y bastante mayor que él, le dijo “quisiera subirme a un caballo pero mi viejo me amenazó con una paliza si lo intentaba. ¡ Vos sabes como es el viejo…!”

Fueron hasta un terrenito municipal, hablaron con Tomás Díaz – el dueño de unos caballos allí precariamente autorizados –  y le solicitaron que le permitiera a Pablo montar a uno de ellos bajo su responsabilidad y custodia personal.  Lo ayudó a subir, le explicó que pusiera la punta – sólo la punta – de sus pies en los estribos, cómo debía manejar las riendas para que avanzara ó se detuviera y le pidió a Tomás – que lo acompañaría en su viaje inicial – que por favor avanzaran lo más despacio posible. También recuerda Martín que le entregó una ramita de ligustro para que le pegara un poquito si se le empacaba.

Salieron lentamente.  Pablo lo saludó y en un momento lo perdió de vista.  De pronto se apareció agazapado sobre el animal,  castigándolo con la ramita, mirando hacia atrás – con júbilo desbordante – al hijo del patrón que venía en otro caballo, a una distancia que ya no acortaría.

Lo quiso saludar, se le zafó el pie en uno de sus estribos, perdió la rama y rodó por el suelo.  Tomás y Martín quedaron petrificados, aunque agradeciendo que el animal no lo hubiera pisado y que pronto se repusiera del golpe.  Se sintió culpable de haberlo acompañado en su aventura y – dado que no había sido nada grave – convinieron en no hacer el más mínimo comentario en su casa.

Al día siguiente lo encontró en la panadería de los Ferreira.  Le dio unos pocos pesos indicándole que los utilizara en llevarle algo de comer al viejo, que estaba bastante flaco. 

¡ Ayer te pasaste….me encantó, a pesar del golpe !…le dijo.

“ Creo que te traicioné un poquito, porque le conté lo que pasó al Tito Gaudina y su papá, el viejo que se dedica a cazar nutrias con trampas en la laguna del triángulo.  Me dijeron que estaba loco y que si les prometía no volver a insistir con los caballos, ellos me llevarían a pasear en un pequeño bote.  Mañana te cuento ….“

Martín lo vio venir a los saltos y casi sin tragar saliva, relató : “ Anduvimos en bote un largo rato.  Tratamos de pescar ranas con un hilo y un pedacito de carne, avanzamos entre los juncos, toqué el agua con las manos pero con mucho cuidado porque podría haber algún yacaré, tomamos mates y encontramos un montón de niditos de gallaretas pero no les sacamos los huevitos para que sacaran pichones.  Cuando llegamos a una de las trampas, entre Tito y yo desenganchamos una nutria que se había muerto, tanto hacer esfuerzo para escaparse.  ¡ Tendrías que haber venido con nosotros, Tincho…me hubiera gustado mucho….!”

“ He vivido ya dos experiencias extraordinarias.  Sólo me queda manejar un coche….” .

Martín no le dio mucha bola porque lo estaban esperando para almorzar, pero se quedó pensando si Pablo le habría comprado algo de comer a su padre  … Después del almuerzo Tincho tomó algún excedente de su comida y fue a visitar a don Hilario Bustos – padre de Pablo – El le comentó que notaba a su hijo un tanto triste, que por favor no le diera plata porque la malgastaba y si no era mucha molestia lo orientara y ayudara con sus estudios, para que no repitiera su experiencia de “una vida sin sentido…”

Martín le arregló los papeles en el colegio.  Le encomendó a la directora René Donis que lo siguiera de cerca y le exigiera el doble que a los demás…

Martín – Tincho – se instaló en Buenos Aires

Años más tarde su padre le acercó una carta de Pablo, sin fecha, que descuidadamente había extraviado entre sus papeles. Allí escribía “Querido Tincho… si me hubieras visto manejar, acomodarme el casco, acelerar el motor a fondo, saludar a la gente, doblar a toda velocidad, pasar entre otros automóviles y sentirme un verdadero ganador de grandes premios, no podrías creerlo.  Te agradezco lo que has hecho por mí en todo sentido.  Ojalá volvamos a vernos pronto.  Un abrazo de tu amigo.  Pablo ”.

Se la leyó en voz alta a su padre, que se quedó extrañado preguntándole qué loco  podía haberle prestado el coche a Pablito.  El sonrió como respuesta y se fue en el tiempo hasta un momento muy lindo de su vida.

Catorce años más tarde, en pleno centro de Buenos Aires, alguien de saco y corbata le chistó y le estampó un abrazo.  No lo conocía. 

Era, sencillamente, el ingeniero agrónomo Pablo Bustos.

Antes de contarnos algo sobre nuestras vidas, quiero decirte “ No conocía el cariño de alguien hasta que aquella tarde te animaste a enseñarme a andar a caballo y al día siguiente con Tito viajé en un bote de chapa……y el día en que te fuiste, me animé solo a subirme a un cochecito…y mi corazón estuvo feliz y mis noches se llenaron de ilusiones.  Para vos habría sido una rutina,  pero para mi alma – en aquel entonces – fue una caricia que nunca más podrá superarse …” . “No sé si te queda claro que me estoy refiriendo a la fantasía vivida en aquella desvencijada CALESITA  del precario parque que había montado el viejo Tomás Díaz,  en el terreno municipal contiguo a la cancha de paleta ”

Se dieron otro fuerte y prolongado abrazo.  Le comentó que su padre había muerto, que había podido vivir la realidad de subirse a un caballo, navegar un barco, manejar un automóvil.  Que se había casado, que tenía dos hijos, que trabajaba mucho, que…, que…, que …

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