Vascos eran los de antes…

«Se tomaron el tren en Retiro y llegaron donde el destino los había citado: el tambo manual del Vasco rico de la zona rural de Iriarte, don Agustín Goyenechea Irasusta. Tenía unas doscientas vacas en ordeñe, que vivían a la intemperie y …como pocas veces en el transcurso de sus vidas ellos habrían coincidido en algo : “Ese vasco estaba rematadamente loco”.»

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Historias de Iriarte

Cuentos de Oscar Marzol

Si alguna vez hubo dos vascos porfiados, ellos fueron Pedro Iturrieta y Cristóbal Goñi.  Discutieron fuerte una mañana de Mayo del 67, queriendo determinar quién era el más porfiado de los dos… No se pusieron de acuerdo.

Se habían conocido en el barco que los trajo de su Navarra natal, en busca de una merecida paz, luego de la cruenta Guerra Civil Española.  Desembarcados con poca plata, mucha esperanza, recuerdos fuertes, angustias varias, decidieron seguir juntos en la aventura de una nueva vida.

Pedro era flaco, alto, cara larga, de pocas – muy pocas – palabras.  Había dejado atrás un par de hermanos mayores, una casita paterna muy humilde en la colina, el pequeño establo debajo de aquélla, donde convivían tres vacas lecheras, los primeros grados de una escuela inconclusa y una incipiente novia a quien juró volver a rescatar.

Cristóbal, en cambio, petiso, locuaz, cuentero, con más respuestas a la vida que las preguntas recibidas y portador, también, de la típica cara de los vascos de antes. Quiso traer consigo a su único hermano Joaquín, pero no hubo caso.

Se tomaron el tren en Retiro y llegaron donde el destino los había citado: el tambo manual del Vasco rico de la zona rural de Iriarte, don Agustín Goyenechea Irasusta.  Tenía unas doscientas vacas en ordeñe, que vivían a la intemperie y …como pocas veces en el transcurso de sus vidas ellos habrían coincidido en algo : “Ese vasco estaba rematadamente loco”.

Pedro adoptó la bombacha tradicional de la zona, alpargatas negras, faja de lana negra, un pañuelito desteñido al cuello y la boina negra, ligeramente ladeada “hacia la izquierda”, seguramente en su única identificación juvenil con la revolucionaria idea de la ETA.

Cristóbal se acomodó las batarazas, una rastrita con monedas faltantes que le regaló don Agustín, se cruzó un pequeño facón al cinturón en la espalda, sombrero de ala caída y un par de botas cortonas, color cuero.  Parecía el mayordomo y a él le encantaba tal figuración.  Su ideal de patrón lo acomodaba fácilmente a cualquier circunstancia.

Trabajaron sin  doblarse y sin descanso conocido hasta la fría mañana del 4 de mayo del 67, cuando don Agustín falleció a causa de una embolia cerebral por un ataque de presión.  La mujer de Agustín ya había fallecido por entonces y su único hijo Andrés ejercía de abogado en Buenos Aires.  Pocas veces visitaba el campo y cuando lo hacía discutía con el viejo y lo alteraba a tal punto que aquél solía decirle que era mejor que no volviera.

Ninguno de los dos se dejó tentar con la idea fácil y placentera de tener una mujer e hijos, aunque seguramente en su interior – porque nunca lo hablaron mano a mano – habría una permanente sensación de respeto hacia el otro en esa compañía de vida que se habían sellado calladamente.

Pedro era sensible y cariñoso, pero no se permitía exteriorizarlo por miedo a perder ese simultáneo mote de personalidad un tanto dura.  Hablaba poco, pero sus frases eran casi una sentencia para los otros.  Tenía un perro grande, a quien llamaba “Yaco”.  Le hacía  mimos permanentes, pero no con la mano sino con el cabo del rebenque  “como para que no confundiera quién mandaba”; Yaco lo entendía perfectamente, de modo tal que respondía moviéndole la cola, pero cerrando los ojos.

Cristóbal, en cambio, siempre jugaba con algún cuzco sin nombre, a quien tentaba con algún huesito ó palito hasta que él se cansaba y daba por terminada la reunión,  con una patada en el culo.

Cristóbal tenía historias, anécdotas, cuentos cortitos pero efectivos, ponía apodos a los compañeros y siempre lo miraba a Pedro de reojo buscando su aprobación.  Pedro sonreía normalmente porque,  a pesar de todo, lo veía feliz.

Ambos habían sido muy cariñosos con Andresito, a quien siempre le ensillaban un caballo y lo invitaban a compartir las tareas rurales con la hacienda.  En unas vacaciones y ya con trece años, Andrés apareció con dos amigos.  Ya se sentía un poco más crecido y como hijo del dueño, que era, resolvió arreglárselas solo.

Todos dormían la siesta en la tarde de enero, cuando Andrés y sus amigos no tuvieron mejor idea que correr la majada de ovejas hacia los corrales, sin percatarse de la presencia de Pedro que había ya intuido alguna maldad en los chiquillos.  La majada despavorida atropellaba los alambres y jadeantes, con las bocas abiertas y las lenguas afuera, fueron enfilando hacia el bañadero que, desafortunadamente, estaba seco porque se había decidido repararlo.

En el mismo instante en que Pedro gritaba con toda su alma y su bronca aquella frase memorable para circunstancias enojosas como “¡¡me cago en Diossss…….!! ” , varios animales caían al pozo, sin retorno.  Los chicos se quedaron petrificados.  Cristóbal se despertó súbitamente y con la bombacha sostenida por los codos, salió de la casa exclamando también su frase favorita, aunque controvertida con la de Pedro… “¡¡ virgen santa…….!!”

La casa principal estaba algo más retirada, razón por la cual don Agustín no escuchó nada.

¡Ni se te ocurra decirle a mi viejo que fuimos nosotros! …le habría dicho Andrés a Pedro, con ojos amenazantes. ¡Echale la culpa a los hijos de Ramona ¡ – la cocinera.

Pedro se sentó sobre el entablado de madera que protegía el flotante de la bebida de los caballos, bajo unos fresnos.  Sacó la bolsita del tabaco, la cajetilla de papel y armó un pitillo desordenado, con un lengüetazo final.  Lo prendió, respiró hondo en una bocanada interminable y sin pensarlo demasiado, se dirigió al chalet de don Agustín.

No había llegado aún, cuando vio que aquél salía en camiseta, con la escopeta en la mano, seguido por Andrés y sus amigos.  Antes que pudiera pronunciar palabra y sin percatarse que Yaco lo había seguido, don Agustín le metió los dos tiros al inocente animal.

Pedro entendió todo, no atinó a decir palabra, alzó al perro muerto y se volvió sobre sus pasos.  Don Agustín alcanzó a decir   “… a hierro matas, a hierro mueres, ya no joderás más… ”.

Cristóbal quiso ensayar un argumento consolador, pero Pedro ya no lo escuchaba.  Enterró a su amigo junto a los corderos muertos, sin decir palabra y …..mirando al horizonte, se quedó inmóvil hasta la entrada del sol.

Cenaron con un plato de osobuco frío, sobrante del mediodía.

Nosotros, Pedro, hemos sido muy ingenuos toda nuestra vida, dijo Cristóbal en un tono casi doctoral. “Me alegro de no haber tenido hijos, al menos aquí, en Argentina “, contestó Pedro.  Y se fueron a dormir.

Sólo el aprecio por don Agustín los detuvo en aquel campo.  Nunca más se dirigieron la palabra con Andrés, a pesar de los intentos de éste.

Podía, acaso, la ciudad influir tanto sobre la forma de tratar a las personas?

Cuando más tarde, Andrés obtuvo el título de abogado, doña Aurora – su mamá – organizó un gran asado en su homenaje, con toda la paisanada.  En el momento del brindis, dirigiéndose a Pedro, inocentemente le preguntó “Qué le parece mi nene, don Pedro, será buen abogado?”

“Doña Aurora, de seguro que sí, yo ya lo sabía desde la muerte de las ovejas, hace años. Sólo le bastará con encontrar un perro cerca”.  Aurora se quedó muda y sorprendida, sin entender palabra, pero don Agustín – que escuchó el diálogo – con una tenue y dulce sonrisa y un movimiento suave de cabeza, le pidió perdón.

Aquel 4 de mayo Pedro y Cristóbal entendieron que su ciclo se había terminado.  Con el doctor Andrés ya nada sería igual.

Poco tiempo después apareció un hombre corpulento, de bigotes espesos, medio colorado de cara… y se presentó: “ Soy Sebastián Iturralde, nativo de Guipúzcua, el nuevo dueño de este establecimiento.  Ya sé quienes son ustedes y conozco la nobleza de los vascos.  Si quieren pueden continuar trabajando conmigo.  En otro momento arreglaremos las condiciones”

“ Perdón don Sebastián…….usted tiene hijos?

“No, mi único hijo murió en España, queriendo liberar al pueblo vasco, aunque yo no estaba de acuerdo.  Pero, en fin …era su vida ”.

Sintieron un gran alivio…

                                                            Mar del Plata, 4 de Febrero de 2008

Escucha el audio de este cuento:

Plural: 7 comentarios en “Vascos eran los de antes…”

  1. Pero en la foto se ven con sus esposas? Finalmente hicieron pareja? Interesante relato. Y siempre con esa cuota de intriga que te pide más…

    1. Perdona que intervengan. En la foto están cuatro de los ocho hermanos: Fermina, Felisa, Pedro y Cristobal. Son mis tio/as. Mi padre Dionisio era hermano de ellos

  2. Lindo ensamble de situaciones descriptas con singular maestría (sin obsecuencia).Duro, durísimo el final para tirarle al lector el dolor y el presupuesto orgullo (que yo tendría) de un Don Sebastián atravesado por esa pérdida irreparable.

  3. Qué lindos recuerdos de Pedro y Cristóbal me trajistes Oscarcito!!! Me hizo acordar mucho a mis años infantiles en Las Acacias. Gracias!

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