Ida y vuelta

«Llegó el día, dado que con la cosecha de soja en el año 2012, Alberto debía llevar mercadería al puerto de Buenos Aires. La tentación era grande, la expectativa agobiante. Él le había prometido que ella nunca olvidaría ese viaje.»

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Historias de Iriarte

Cuentos de Oscar Marzol

Qué diferencia existe entre enamorarse de un ingeniero, médico, artista, comerciante, industrial o un alegre camionero. En este último caso, el riesgo permanente de circular por las rutas, preocupaba a Margarita Cairoli porque su media naranja, el polifacético Alberto Bustamante tenía ese oficio.

No era demasiado clara su relación pero ella, en su afán de compartir momentos, estaba dispuesta a todo. Incluso a subirse al camión para ir cebándole mates y mates. Eso si los viajecitos eran cortos, zonales, porque el permiso familiar de ella, también lo era.

Ellos querían una aventura un poco más inquietante…

Llegó el día, dado que con la cosecha de soja en el año 2012, Alberto debía llevar mercadería al puerto de Buenos Aires. La tentación era grande, la expectativa agobiante. Él le había prometido que ella nunca olvidaría ese viaje.

Margarita se confabuló con su amiga Esther que vivía en el campo, cerca de Diego de Alvear, diciéndole a su familia que permanecería allí durante dos días. Armó su bolsito, escondió un frasquito de perfume para impresionar a su amante y le prometió a Alberto que él tampoco se olvidaría de ese viaje.

Alberto, zorro viejo, no le anticipó a su acompañante que estaba prohibido el ingreso de mujeres a la zona portuaria de descarga. Sólo le habló de una linda parrillita del lugar, de la música que había seleccionado para su estadía en la fila de camiones y también le habló sobre la felicidad que le depararía su presencia, jurándole que se arriesgaba a tanto solo porque ella era ella. Nunca lo había pensado vivirlo con otra mujer.

La mente humana vuela, proyecta, intuye situaciones, propone los momentos, libera ansiedades e incluso, bloquea consecuencias…

El Mercedes Benz con su carga repleta y bien cubierta con lonas, se puso en marcha a las 5:30, horario especial para eludir sospechas. Se dirigió al Paradero de los Reyes, la YPF local de Iriarte y en una maniobra casi clandestina emitió señales de luces a Margarita, a quien su amiga simuló pasar a buscar en dicho lugar a las 6.

Anteojos oscuros, ya que tendrían el sol de frente, bufandita floreada, gorrito de lana y un corazón tan acelerado como el Mercedes.

Intercambiando deseos, le había dicho ella que lo fundamental en un hombre era que fuera sincero, que hablara claro, que no te exponga ante los demás, que no te sorprenda con actitudes desagradables y fundamentalmente que asuma sus responsabilidades. Clarito.

El, en reciprocidad le dijo que además de la belleza natural como era su caso, quería una mujer comprensiva, tolerante, compinche, pasional y fundamentalmente con mucho sentido del humor. También, muy claro.

Llegaron, con escalas, a eso de las 20:30. Fueron a cenar a la famosa parrillita “El Encuentro” y la armonía brotaba por sus poros.

Hora estimada para su entrada al predio de descarga, 12 de la noche. Él le aconsejó pasar por el baño del restaurant, dado que allí las instalaciones eran demasiado precarias. Así lo hizo, regresando con un toque de perfume, dientes brillantes y labios repasados con un toque de rouge.

Ni bien subieron al camión, él le confesó la prohibición de ingreso con acompañante femenino. La primera reacción fue de desconcierto y enojo, pero se acordó de las características femeninas preferidas por él y entró en el juego de ser compinche y con buen humor.

Le preparó el lecho amatorio en el buche del camión, con mantitas que cubrirían su cuerpo, disimulando su presencia cuando le dieran paso directo a la plataforma de descarga, guardando estricto silencio y sin moverse.

Personal de Prefectura, una vez posicionado el camión,  le solicitó a Alberto que descendiera del vehículo, colocándole el correspondiente freno de mano.

Era la primera vez – según él – que la poderosa plataforma levantaba el camión entero, colocándolo en una posición a 45 grados. No lo podía creer- él – y no lo podía entender –ella.

Varios minutos en tan insólita y cómoda posición le fueron suficientes para no dirigirle la palabra, a su regreso, hasta pasar Carmen de Areco.

Atrás habían quedado los alegres mates, las luces de la gran ciudad, la parrillita, el perfume y los labios sensualmente decorados.

Ninguno de los dos olvidaría aquel viaje. Ella razonó que, definitivamente, él no era el hombre de sus sueños y al bajar de su  camión le sugirió que se fuera a la… casa de su madre y en el próximo viaje la invitara a ella.

La falta de información – según él – y la falta de consideración – según ella – les jugaron una mala pasada…

Iriarte 3 de Mayo de 2020

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