El pueblo de Iriarte, en mis primeros años (1)

«Así eran, casi todos los días, excepto los sábados y domingos que agregaban algún bailongo, el cine en lo de Costantini, la misa, el asado, alguna carrera cuadrera en el pueblo ó fuera de él, un campeonato de fútbol, una visita inesperada.»

Un comentario

Primera parte

por Oscar Marzol

Era un pueblo como tantos, pero no uno más, porque era el mío.

Podías entrar, preferentemente de mañana bien temprano, desde el oeste, para ver cómo nacía el día sobre la estación vieja del Ferrocarril San Martín, y sus grandes galpones cerealeros.  Te recibía un pequeño monte de plátanos ya añosos, que indicaban una pequeña curva y contracurva para seguir sobre lo que fue la antigua ruta 7. Siempre a tu izquierda estarían las vías – que eran en aquel entonces los lazos más firmes para unir la Nación.

Era una cuestión de delicadeza aminorar la marcha para que el polvaredal que te seguía, quedara afuera. Ya bastante trabajo tenía el viejo regador con tractor y tanque de agua, para aliviar las penurias.

Se había extendido preferentemente hacia el sur, donde se estructuró verdaderamente el poblado.  Los que estaban del otro lado de la vía, era la gente que vivía “detrás de la vía” – con la consabida distinción social que aquello significaba… (ésto también pasaba “hasta en mi pueblo”).  Dios nos castigaría a todos, porque luego, al construirse la nueva ruta 7 asfaltada, todos quedamos del lado norte, es decir, con la  misma mirada, “del mismo lado de la ruta”.

También podías entrar,  preferentemente al atardecer,  desde el este, para ver cómo se ocultaba el sol sobre la quinta de Marinelli.  Te recibía el Club San Martín sobre tu izquierda y la planta procesadora de leche “Dos Hermanos” y el ferrocarril,  sobre la derecha.

Para todos había una ilusión distinta. 

Comenzando el día: el madrugador empedernido, generalmente hombre dedicado al campo – en su camioneta, sulky ó caballo – ; el tambero,  con su charrete lleno de tarros y el permanente grito entre sus labios, azuzando los caballos (y si no, baste con preguntarle al “ruso Perini”) ; el comerciante, con su mate en mano, barriendo un poco la vereda de tierra ; los chicos, con sus guardapolvos blancos, a paso apurado para entrar a clases en la Escuelita N°5 ; de vez en cuando, algún camioncito “con parlantes” ofreciendo verduras y frutas, con la típica frase “aproveche señoraaaaa….” y las infaltables viejitas tempraneras que hacían los “mandados” comprando el pan, visitando el pequeño correo, la carnicería y los negocios para la comida.

Al mediodía : todos regresando a casa,  las persianas de chapa y ruidosas de los negocios buscando el piso, las cortinas interiores de los locales más chicos plegadas sobre la puerta indicando “aquí no hay nadie”; José Arroyo – el encargado de cuidar la plaza – con su pasito corto y apurado en busca de la siesta; los empleados en comercios y administrativos cruzándose por las veredas en busca del almuerzo y por qué no don Guillermo Gallo, en su Renault 4L color verde pálido – como él – ,  desviándose un ratito hasta la fonda de la cancha de paleta de Pedro Aramburu a tomar su cotidiano aperitivo Amargo Obrero.  Después, no me pregunten del después, porque hasta nosotros, los más chicos “debíamos dormir la siesta” (con el tiempo pude analizar que esta medida no respondía a un cuidado de la salud de los menores, sino que era lisa y llanamente una medida coercitiva destinada a que los mayores pudieran sí dormir una linda y tranquila siesta, para reponer energías – ¡qué buena combinación!).

A la tarde: otra vez el trabajo, el otro turno del colegio, el regador con sus chorros manejados a palancas, bicicletas en la plaza. Las mujeres, con sus chusmeríos (alguna de ellas recibía el sobrenombre de “zapato de hombre: se le gastaba todo, menos la lengua) en la puerta de casa – aún apoyadas sobre el palo de la escoba -, el “armado” de una reunión de chinchón para la noche. Los hombres, con unos partiditos de pelota a paleta en la cancha-fonda de Aramburu, y un partidazo multitudinario (detrás de las vías, en la cancha de San Martín), desordenado, gritón, agresivo, algunos con “botines”, otros “en patas”, donde cada uno que llegaba (a caballo, bici, sulky, camioneta, caminando) saltaba el alambrado que enmarcaba la cancha y se iba incorporando alternativamente a cada lado y así sucesivamente hasta que la noche no permitiera “ver la pelota”.  En una cancha destinada a 22 jugadores podían llegar a jugar 35, 44, 58 ó 63 – qué importaba –  ¡qué partidazos , sin ningún esquema previo, ni tiempo de descanso, ni director técnico, ni referee! (tampoco debe negarse que en alguna ocasión se cagaran a trompadas)

El regreso de esta masa sucia, transpirada, mojada – ya que algunos aprovechaban el lavadero de los tarros lecheros contiguo a la cancha, para refrescarse un poco – se convertía en una reunión social en movimiento donde se acusaban jugadas y actitudes buenas y malas, desencuentros personales, desafíos futuros.  A medida que avanzaba, se iban dispersando gradualmente hasta que seguramente “los Montiel” que vivían en el otro extremo, llegarían solos a su casa.

La noche: el peluquero González terminando algún cliente;  en la fonda de los Romitti (tenía un gran ventanal central que daba a la calle, desde donde podía observarse el salón completo) algunos parroquianos jugando al mus o al truco, anotando los tantos con porotos y acompañando las jugadas con el típico “cinzano con fernet” unos platitos de queso y manices (no maníes) – no había en aquel entonces papitas, ni chizitos, ni palitos, ni conitos -; en lo de doña Pepa, frente a la estación, una sola mesita para un trago rápido – ya que no era boliche – ; en la cancha de paleta de Aramburu, el trago de rigor era “cerveza con naranja” después del juego; el resto, cada uno en su casa, con la radio, ó el televisor blanco y negro, poca onda, muchas rayas, descargas eléctricas constantes, muy pocos canales, pero con una avidez por interpretar la película de turno ó el noticiero del día que permitía tolerar aquellas deficiencias.   Más tarde, en alguna casa, una partida interminable de “chinchón” – preferentemente mujeres, aunque no excluyente, ya que podían estar también Carlitos Galeano, don Tolosa ó José Arroyo – , comenzaba con 2 pesos el partido y 2 más por cada “enganche” y de darse el caso “el doble” por chinchón logrado, para terminar los partidos finales – 5, 6 ó 7 de la mañana – por 10 ó 20 pesos.   Paralelamente, y hasta altas horas, el Club – sólo los hombres – para hablar al pedo, jugar a las cartas, contar historias mitad verdad mitad mentira, chupar hasta el cansancio, anotar los tragos “en cuenta corriente” y partir, con la ayuda de una linterna.

Así eran, casi todos los días, excepto los sábados y domingos que agregaban algún bailongo, el cine en lo de Costantini, la misa, el asado, alguna carrera cuadrera en el pueblo ó fuera de él, un campeonato de fútbol, una visita inesperada.  

¡Cómo no iba a ser más romántica la vida, si la mitad era pura imaginación! Volviendo atrás en el relato, si – simbólicamente – dejabas tu vehículo a la sombra de los plátanos de la entrada y lentamente avanzabas por la vereda – imperfectas, como todas las veredas de pueblo, desprolijas, cambiantes al final de cada lluvia, enmarcadas por añosos paraísos – con cuyas semillas en bolita, más de una vez arriesgamos un ojo -, ó fresnos, te irías encontrando en ese imaginario viaje con la sonrisa permanente de la “gorda Vilma” (representante indiscutida de la familia Mersuglia, muy gordita, excesiva fumadora, aunque al final de sus días, en un alarde de preocupación,  se la viera fumando con boquilla; chinchonera (por lo de las cartas, no por el chichoneo – que a su vez,  utilizaba) de alma, en la casa de cualquiera, bien en lo de Pola Marzol, en lo de Marta Mateljan, en lo de Mamina Romitelli, Lidia Estrada u otras;  con su kaisser carabella negro, muy compañera de la “yaya Suárez”; solterona, jodona, desprejuiciada (capaz de hacerte quedar como el culo, frente a cualquiera). En esa manzana, donde sólo existía su casa, “Blasito” – el menor de la familia, adepto a la bebida y el faso –  tenía algunos caballos en el lote y un pequeño stud para los pingos de carrera, en el pequeño galpón original del garage.   

continuará…

Puerta de cancha de paleta y fonda de Aramburu

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