El pueblo de Iriarte, en mis primeros años (4)

«En la partida de cada uno de ellos, mi pueblo fue perdiendo en mi interior un poquito de encanto. Vinieron otros, como sus hijos, que le han dado emociones nuevas, pero que no reparan ese cristal resquebrajado de la primera foto, del tiempo en que uno sueña con una vida interminable y feliz.»

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por Oscar Marzol

Aparecía ahora la plaza central del pueblo.  Dividida en cruz y por dos diagonales, a semejanza de un pizza, con un mástil central, una bomba sapo para el regado de las plantas , un sector de hamacas, un monumento a la madre, añosos ligustros y fresnos, algunos pinos y cedros, sin cordones laterales, muchos rosales y un placero ejemplar como lo fue José Pepe Arroyo ( aunque nunca nos dejara cazar un pajarito ).  Petiso, callado, de voz suavecita, zorro que te esperaba detrás de cualquier árbol, agrio ( especial para su puesto ), y con su eterno ascarpín en mano.  La plaza, en verano, estaba plagada de unas avispitas que hacían sus nidos en la pelada tierra de las calles internas y que nosotros torturábamos tapando sus agujeros, para ver cómo reaparecían en pocos segundos.  Algunos banquitos de granito – pocos – para los enamorados y las eternas carreras en bicicleta completaban la funcionalidad de mi plaza.

Plaza San Martín

¿ Podía Iriarte, a esta altura de los recuerdos, ser un pueblito más en la Provincia de Buenos Aires ?………..de ninguna manera.  Era, definitivamente, “el pueblo”.

( Y eso que a los 10 años me fui internado al colegio San Francisco de Aarón Castellanos y continué en Buenos Aires, regresando sólo en períodos de vacaciones.  ¡ Cuántas vivencias me habré perdido ! ).

Me cruzo ahora a la media manzana del otro lado de la plaza.  En una esquina, la fonda de don Padilla ( donde muy pocas veces entré ) y a quien no tuve oportunidad de frecuentar. Tengo sólo un vago recuerdo tanto de él como de su negocio.  En la otra punta el negocio de la Pety Donis, casada con el recordado Titi Romitti ( hermano de la René, la directora de mis versos en la escuela ). Titi, luego de dejar la fonda con sus hermanos, se compró un camioncito y hacía la recolección de leche por los tambos de la zona.  Sólo tuvieron una hija, Nely, hoy radicada en el exterior.

La siguiente, sí que era una manzana completísima. Paralela hacia el sur con la de los Costantini,  tenía en la cara que miraba en dirección a la plaza ó al oeste, en una esquina, la casona vieja del “Pibe Sancho”, quien se juntara con la enfermera Berta. Gran tipo, flaco, conversador, fumador, amante sobremanera de los animalitos – tenía en su patio interior, teros, chajaes, perdices, martinetas, patos, gansos, avestruces, pajaritos y yo le regalé 3 gallitos de riña, que siempre me agradecía – ; en esa misma cara pero en la esquina opuesta estaba la panadería de los Ferreira.  El viejo, narigón, flaco, invariablemente en camiseta musculosa blanca – invierno y verano –,  un sombrero de papel.  La vieja, alegre, amable, dispuesta a la joda permanente.  La hija bastante seriecita, se casó con el Petiso Romitelli ( hijo de Carlos ).  Los hijos, Héctor (más narigón que el viejo ) y Aldito ( no tan narigón como ellos, pero más hijo de puta que todos juntos ).  Era imposible entrar a la panadería e irte en condiciones normales.  Te tiraban harina, te ensuciaban con restos de masa ó te sacudían con un bollo crudo por la ventana, cuando te estabas yendo.  También les gustaban los pajaritos y tenían un gran jaulón lleno de ellos, que a mí me atrapaba.  Luego se fueron del pueblo y vino otro Ferreira, creo que tío de ellos.

Panadería Ferreira

En la cara de la manzana que enfrentaba a Etchetto vivía don Patricio Delamer.  Panzón, bigotudo, bien gringo, siempre de botas de cuero, respetuoso, encargado en la Estancia San Alberto.  Su mujer, flaca, alta, de tez bien blanca, con anteojos, creo que también era maestra de escuela.  Su único hijo, el “Pary”( pecoso y colorado)  se perdió de vista muy pronto. En la otra esquina, una casona vieja , que no recuerdo a quien pertenecía pero siempre quedó en mí asociada al “Tono” Agrasso y su tercera mujer, la hija de la Juárez.

En el lado opuesto a este, sólo existía la casa de los Caminatti y su galpón-taller.  Don Aldo era petiso y gordo, normalmente envuelto en un mameluco azul con rastros de grasa.

En la manzana paralela a la de Juan Garay hacia el sur, vivieron el Gringo Nany , los hermanos Andrés y Joaquín Tarragona, quienes siempre tuvieron equipos de tractores y trilladoras, habiendo aprendido bien el trabajo de mecánicos de tanto atender sus propias máquinas.  José Arroyo y su familia.  Los Tiseira y los Troncoso.  Los petisos Oyarse.

Quedan en mi mente para retener sin orden tan estricto – ya que no era nuestra zona de influencia infantil – , sobre la tercera y cuarta fila de manzanas (¡ no había más ! ), contadas desde las vías del ferrocarril, sí, la Escuela N° 5, donde cursé mis primeros estudios, desde primero inferior, hasta cuarto grado – inclusive -.Chica, de diseño tradicional como fueron gran parte de las escuelas, al menos en la provincia de Buenos Aires, con dos aulas y una galería grande, los baños, la casa del cuidador, la aterradora campana que llamaba a clase, la canchita de fútbol, el patiecito de cemento, el mástil, los pisoteados canteros de flores, el pasillo de entrada con las típicas baldosas en listones amarillos, el techo de tejas y las maestras (sólo mujeres, en ese entonces ).  Recuerdo mi delantal blanco con tablitas, el moñito con elástico, el vasito plegable para tomar agua, el sacapuntas con forma de pelotita de fútbol, los lápices de colores en cajitas de cartón, el cuaderno Rivadavia rayado, los compañeros como el “gordo” Daniel González, el flaco Manzanares, Julio y Estela Medina, Oscar Becerra, Pedrito Lovelli, Juancho Ramírez, ………..

Puedo acordarme en detalle de la herrería de don Guillermo Valenti. Toda de chapa, con un ventanal un tanto alto ; frente al portón, la fragua enorme.  El, grandote, pelado, con anteojos de marco ancho siempre sucios, delantal de cuero, ligeramente encorvado de tanto darle golpes a los hierros que sacaba al rojo vivo de la fragua – y yo lo observaba admirado, porque el oficio me gustaba – Era un creador empedernido. 

El viejito Ramírez, encargado de la limpieza de los motores de la usina láctea, ceremonioso para caminar, vestido de mameluco azul, indefectiblemente cruzando la plaza de ida y vuelta a su trabajo, respetuoso de los horario, callado, tan callado que parecía mudo, sólo de vez en cuando una tenue sonrisa marcaba su rostro ; tenía una gran familia de gente muy noble.

El carpintero, don Tulio Carassai, alto, bien tano, con sus hijos en el taller – otro oficio que yo siempre envidiaba ; el olor a madera aserrada tiene un encanto especial -; trabajaban muy bien, aunque eran de tomarse su tiempo. Su mujer, la María, encargada de la Iglesia, coordinadora de las misas y los demás sacramentos, siempre vestida de negro, con su inefable mantilla sobre la cabeza ; si le habremos hecho desastre con los floreros.

El viejo Primo, encargado del correo del pueblo y de los diarios.  He visto bigotes en la vida pero los de él eran especiales : tupidos, desordenados, desparejos, amarillentos por el faso ; los combinaba con unos anteojos gruesos de lectura, con marco negro y te miraba por encima como si estuviera detrás de un arco.  Se hacía el duro, porque la cara lo ayudaba, pero le gustaba la joda.  Su mujer, doña Ignacia, petisa, apenas se veía detrás del mostrador, hábil con los números, te vendía lápices, hojas, gomas, cuadernos, bolitas, chicles, papel araña para forrar los cuadernos, rótulos, sobres, estampillas, …….lo que quisieras y/o lo que ella te sugería ( ¡ difícilmente te daría un vuelto !).  En la pared exterior de ladrillos, estaba el buzón cuadradito y rojo, con la tapita que debías levantar para meter el sobre.

El “Mito” Medina, joven zapatero, flaco, delantal de cuero, anteojos de lectura, sentadito con las piernas abiertas, los implementos entre ellas, el martillito de cabeza chata en la mano y los clavitos que sólo él podía manejar sin reventarse un dedo.  Su mujer, era maestra en la escuela.

La vieja Pascualina,  ah  sí,  la “loca Pascualina” .  Gringa, recontragringa, de tez bien blanca, cachetes colorados, vivía sola frente al colegio ¡ cómo para no estar loca ! . No, en realidad estaba desequilibrada desde siempre y nosotros nos encargábamos de despertar su ira ; caminaba alrededor de la casa, hablaba, levantaba las manos, amenazaba, entraba a la casa,  salía de la casa.  ¡ Pobre mujer ! ) ( supo acompañarla una sobrina que estaba bastante linda ).

Doña Catalina Bailiou, una viejita francesa, sola, en una casona larga, con rasgos bien marcados en su cara, única, prolija, educada más allá del nivel medio del pueblo, profesora de lo que se precisara y con mano dura, para que fuera más eficaz.  Me enseñó “particular” un poco de matemáticas e inglés.  También se encargaba de sus flores.  De allí mi primer enamoramiento de los “malvones” que ella se encargaba de cortar en ramitas para que yo los plantara en tarritos de aceite, que pedía en la estación de servicio, a modo de macetas de pueblo. ( también supe usar los tarros más grande de aceite La Patrona y Cocinero, a los que le asestaba puñaladas en el fondo, para que drenaran ).

Las familias Quiñones, Lovelli, Valenti, Ramírez, Tolosa, Torres, Córdoba, Revello, Quintana, Montiel, Tibaldi, González, Ercoli, Morales, Loza, Roca, Cuello, Sombra, Guidobono, Villegas, Salas y algunos otros.

Hoy, ya no soy mas el niño de la foto que les he contado (tengo 57 años) .

Por cualquiera de los lados que entre al pueblo ya no están más la gorda Vilma, ni Everilda -su mamá -, en la primer manzana.  Tampoco Manolo Anca y Teresa, ni Abelito Verdún, Martina, Belisario Cuello, Nito Marzol, Juan Perini, en la segunda.  Se fueron el Pibe y el  Titi Romitti al igual que José Peroni ; el peluquero González y su señora petisa ; Pedro Horaci y doña Pepa ; Pepe Romitelli y su señora ; Ernesto Amicucci y su hija Carmencita ; Guillermo Gallo, en la tercera manzana.  Están faltando el viejo Castrillón;  todos los Gaudina ; Otilia Pérez y sus hijas ; Joaquín Echarri y su mujer ; el comisario Suárez ; Nicolás Mateljan y el gringo Beladelli, en la cuarta.

Ya no puedo ver a don Jorge Costantini y doña Rosa ; ni a Miguelito Nasissi, Fermín Narvarte,  su señora y su hijo el vasco ; ni a Miguel Etchetto ni Vicente Romitelli, en la quinta.  Para que hablar de la sexta manzana, si se han marchado para siempre el viejo Garay y su señora ; Catalina Bailiou ; el herrero Laugero y su señora.

Para no seguir enumerando manzanas semivacías,  sólo quedan guardadas en mi mente, además y entre otras tantas,  las imágenes imborrables de Américo, Atilio Morales, Tevez, Polina, Ramón Hernández, Colacho, Ramón Moyano y su señora, el viejo Ibarra, Julio Mateo y señora, Pedro Aramburu y señora, el Longui Marconi, Tito y Goyo Marzol, los Ferreira, el Pibe Sancho, el Gordo Torres, el Calito Córdoba, el Cabezón Agrasso,  el Pibe Beltramino, el Tono Agraso, el choricero Jiménez, Walter Ramírez, el Chato Tiseira, el petiso Caminatti,  Primo y la petisa, el carpintero Tulio Carassai y María, el herrero Guillermo Valenti, Agustín Marzol y su Machi, José Marzol y su Ema, don José Benito Sebastián Fernández y su Sebastiana,  Cacique Guidobono, el loco Perini, el Lolo Perini,  y…………y……….y

En la partida de cada uno de ellos, mi pueblo fue perdiendo en mi interior un poquito de encanto.  Vinieron otros, como sus hijos, que le han dado emociones nuevas, pero que no reparan ese cristal resquebrajado de la primera foto,  del tiempo en que uno sueña con una vida interminable y feliz.

Y dejo una pequeña reflexión final para los habitantes de la última casa al fondo del pueblo, los viejitos Marinelli.  Llegaron de Italia, quién sabe bajo qué circunstancias, por cuáles motivos y con cuántas angustias y anhelos a ese pueblito perdido en la provincia de Buenos Aires.  Nunca volvieron y sin embargo,  seguramente, en su interior como en el mío, hayan guardado para siempre la foto de una niñez que, aunque amarillenta y con el vidrio astillado, perdura en nuestras memorias.   

Susana, Omar y Oscar Marzol

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