Iriarte, antes de 1950

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Sí, parece algo complejo de contar pero debo decirles que “no todo está perdido…”

El 8 de abril de 2021 se vinculó con nosotros Don José Oscar Paganini – nacido el 10/12/1937, hijo de José Juan Agustín Paganini y Josefina Anastasi –  quien vivió en Iriarte desde 1935 hasta 1950, habitando con su familia la casona que luego fuera de Don Pepe Romitelli, frente a la estación ferroviaria.  Ellos se dedicaban a la comercialización de granos y cuando deciden mudarse a Chacabuco, venden esta propiedad y también la casa que fuera la primera escuela de Iriarte, que luego habitó Joaquín Echarri y su familia y que alquilara parcialmente para ejercer su negocio de “cosas generales” Don Pedro Oraci y la recordada Doña Pepa.

Pero, mejor que lo diga directamente, su protagonista…

20/04/21

Estimado Sr. Marzol, es mi deseo que Ud. se sienta conforme con este relato que he terminado ayer de escribir. Le ruego me disculpe si no está bien redactado ya que el apuro por enviárselo no me ha permitido corregirlo. Creo haber omitido muchas otras situaciones, pero mi memoria ya está  flaqueando. Esperando conocernos personalmente  luego  que terminen  estos  difíciles momentos de pandemia, lo saludo a Ud. cordialmente. 

Don José Oscar Paganini

RECUERDOS DE MI INFANCIA (primer relato)

A mediado de los años treinta el señor José Juan Agustín Paganini arribó al pueblo de IRIARTE, Pcia. de Bs. As. instalándose como cerealista en esa localidad. Compró entonces una casona justo frente a la estación de trenes (todavía en pié) a un señor de apellido Figari. A mediados de 1936 conoció a una maestra de la localidad de Alberdi, la señorita Josefina Anastasi. Allí nació un romance que a principios de 1937 consolidaron en matrimonio en el altar de Luján. El 10 de diciembre de ese año nació de esa pareja un varón al que llamaron José Oscar.

De esta manera  breve  he querido recordar a mis queridos, “viejos”. Hoy ya no están, pero el recuerdo permanece en mi  tan inmutable  como si estuvieran presentes.

Le debo al señor Oscar Marzol, que logró encender una luz en mi memoria, estos recuerdos, al sugerirme que escribiera los años de mi niñez vividos en Iriarte.

Trataré de  relatar los acontecimientos en forma concisa y real  hasta donde mi memoria me lo permita.

Mis recuerdos comienzan cuando tendría unos tres años más o menos. Yo era como cualquier chico de esa edad que solo le gustaba jugar y entretenerse con cualquier cosa que se pareciera a un juguete. Por ejemplo, a un alambre grueso doblado en la punta, se le colocaba un carretel de hilo de coser y al hacerlo rodar por el piso uno se  entretenía caminando por todo el corredor de la casa.  Por supuesto que me lo fabricaba mi tío César, hermano de papá, ya que había que doblar el alambre con pinzas para que el carretel no se saliera.  En ese tiempo  los juguetes eran de hojalata moldeada, con la forma de un autito, un avioncito o cualquier otro chiche, Siempre tenían un motorcito a cuerda en su interior que los hacía caminar un trecho. De vez en cuando papá me traía de Buenos Aires uno de esos juguetes. No me duraban mucho ya que al poco tiempo los desarmaba para ver adentro cómo funcionaban.

A veces viajábamos a la capital los tres, papá tenía una empresa allá que le compraba el cereal que el acopiaba en Iriarte en los galpones del ferrocarril. Era una incipiente firma llamada Bunge y Born. Cuando recorríamos la calle Corrientes yo quería pararme en todas las vidrieras de jugueterías, tomado  de la mano de mamá,  pero papá siempre repetía, vamos!,  y mamá con su dulce voz me decía, vamos Cachito que papá está apurado. Si hubiese sido por ella me habría dejado todo el tiempo que quisiera. ¡Qué alegría sentía en ese momento cuando veía tantos chiches juntos!

Después me llevaban a unas tiendas gigantes, Gath& Chaves  y Harrods, estaban enfrentadas y en las dos me compraban ropa y medias tres cuartos, hoy estos recuerdos me causan alegría y placer, dado que esas casas eran las más renombradas  y mi padre  en vestimenta para mí no se fijaba en gastos. También me llevaban a Grimoldi y allí me compraban los zapatitos.

A la noche parábamos siempre en el Hotel Roi, en Corrientes y Esmeralda, hoy ya no existe.¡Que tiempos aquellos!.

Al regresar a casa volvía todo a la normalidad, mi padre ocupándose de sus negocios en los campos y las chicas que trabajaban en casa ayudando a mamá en sus quehaceres domésticos, mientras ella como maestra daba clase en tercer grado en la Escuelita Nº 5. También  mi niñera que procuraba entretenerme todo el día. Su nombre era “Tuca” Coronel. La recuerdo como una buena y cariñosa  muchacha.

Años más tarde, mi diversión era la estación de tren, yo permanecía allí durante varias horas al cuidado de mi tío, a la sasón,  jefe de la estación de Iriarte. Mi madre me confiaba a él por ser pariente.

Cuando llegaba un tren a la estación, don Romeo, así se llamaba, me metía de inmediato  dentro de la oficina. Cuando ya se había detenido el tren me daba permiso para ir hasta la máquina. Yo de caradura les pedía  a los maquinistas  que me  explicaran cómo funcionaba el motor a vapor. Algunos se reían y me decían cualquier cosa. Pero una vez recuerdo que uno de ellos comenzó a explicarme  cómo funcionaba y aprendí tan bien que durante un tiempo intentaba conseguir algunos elementos para fabricármelo.

Un día mi padre me vio cortando unas latas y se enojó mucho. Claro, él tendría temor que me lastimara y yo ni por asomo iba a poder fabricarme uno. ¡Que iluso! 

Recuerdo que una vez leí un aviso en el diario La Nación que en casa se recibía siempre. Allí en una propaganda  mostraban un trencito a cuerda con vías, y una estación. El clásico juguete  para chicos y grandes hasta hoy en día. Le rogué a papá que me comprara  aunque sea la maquinita y los tres vagoncitos cuando fuera a la capital. Para mi sorpresa el viejo me trajo la maquinita sola. Algo es algo me dije y con un poco de ingenio y la ayuda de mi tío hice unas vías con alambre  y pude hacerla andar varios metros.

Al tiempo apareció una propaganda de una máquina de madera pero de un tamaño mayor. Esta vez le pedí a mamá que me la encargara por correo y así fue. No era un artículo caro por eso mamá accedió. El pedido llegaría por camión de reparto. Algo parecido a las compras que hoy hago por Internet. Siempre llegan  en  un vehículo utilitario.

Mi ansiedad crecía día a día. Por fin una mañana apareció el camión y bajaron un paquete inmenso. Es imposible describir la felicidad que siente un niño al recibir su juguete preferido. Demás está decir que la maquinita “durmió” al lado de mi cama por mucho tiempo.

A mis ocho años mamá me inscribió en un curso de dibujo por correo. Las lecciones las recibía en la estafeta postal de la estación que el  jefe en ese entonces, señor Armada, había construido detrás del edificio. Luego de terminar las tareas los dibujos los enviaba de vuelta y así sucesivamente, hasta que un día completé el curso.

Cabe acotar a continuación que mi padrino de bautismo, el Sr Eduardo Etcheto había cursado en el colegio franciscano de Aarón Castellanos sus estudios junto a un compañero amigo llamado Carlos Alfredo Birabén, luego conocido actor de Hollywood con el seudónimo de Barry Norton. Siempre comentaban con mamá  sobre ese tema y yo escuchaba con atención pues me gustaba el cine. Debo decir además que mi madrina era la Sra. Corina Etcheto.

Papá cuando me llevaba a Bs. As. siempre después de almorzar nos metíamos, a mi pedido, en algún cine de la calle Lavalle. Me encantaban los dibujos animados. Mamá había trabajado en Alberdi de maestra, como lo anticipé, y en los ratos libres ayudaba a una señora fotógrafa, dueña de la pensión donde ella paraba, revelando y retocando las fotos. La señora se llamaba Carmen de Estradés.

Todas estas experiencias vividas en mi niñez anticipaban lo que luego habría de ser en el futuro  mi medio de vida. Acá en Chacabuco, en mi ciudad por elección, me desempeñé como publicista, cineasta y fotógrafo.

Los momentos de  alegría y felicidad de niño no solo se viven cuando se recibe algún regalo, también el contacto con seres queridos sin ser familiares, los vecinos por ej., fueron para mí hermosos  recuerdos.

Si bien la estación de tren era mi lugar preferido para entretenerme, lo era también ir a la casa de la señora de don Leandro Pérez, doña “Lela” que fue mi segunda mamá, ya que mi madre me confiaba a ella cuando yo salía de la escuela para ir a jugar con los chicos de Otilia. Pasaba  un buen rato jugando a las bolitas con el varoncito, más chico que yo,  mientras la hermanita nos miraba.  Las bolitas me las regalaba doña Lela pues tenían  junto a su hija “Machi” un negocio de librería y quiosco. Tengo el mejor de los recuerdos de ellas, eran tan cariñosas y buenas conmigo que me querían como a un hijo, yo a la vez las amaba.

Acá recuerdo cuando Machi comenzó su idilio con un joven de la apreciada familia Marzol.

Ahora trato de recordar a mis compañeritos de grado y me vienen a mi memoria algunos nombres. Huguito Narvarte “el vasquito”,  Rafaelito Costantini, Aroldo Verdún, Blasito Mersuglia,  Juancito Laugero, Luisita Romitelli, Nidia Armada, Ercoli (solo recuerdo su apellido) nos llevaba a todos a cucucho paseándonos por todo el patio de la escuela. “ pichona “ Garro, acá debo hacer un paréntesis ya que  ella fue  “mi primer amor”. Hoy este recuerdo me causa gracia y mucha  ternura pues  imagino que un niño de diez años no puede entender todavía  lo que es amor, solo es una atracción visual, al  ver a una niña bonita. Ella era una rubiecita muy linda. En la escuela jugábamos a que éramos novios.

Otro chico amigo con el que pasaba mucho  tiempo del día, era  “peco” Amicucci,   jugábamos a la pelota en el patio de casa y a veces, sobre todo cuando llegaba agosto,  fabricábamos unos lindos barriletes y verlos volar era nuestra mejor diversión. Otro amigo, Pedrito Carasai. Sé que me olvido de muchos otros, pero han pasado más de setenta años y la memoria ya no ayuda.

Regresando en el tiempo, cuando aún era un chiquitín, recuerdo esas mañanas heladas de invierno, siempre muy abrigado y al cuidado de mi niñera, al salir a la calle me asombraba mirar el cielo y ver ese azul tan intenso, me daba cuenta que estaba descubriendo el mundo, sentía una inmensa felicidad. Claro está que todavía en los años cuarenta no había polución ambiental, el cielo era todavía como lo habrían visto nuestros antepasados. Que suerte haber podido vivir en ese tiempo, ya que en pocos años todo iba a cambiar.

Siempre recuerdo el susto que me daba, casi todos los domingos, el ruido del paso de un avión trimotor que volaba justo por encima de mi casa, y los días de lluvia a muy poca altura. Era el avión que llevaba nada menos que a Bernabé Ferreyra a  jugar al fútbol a la capital. El vivía en Rufino, y el trimotor seguía las vías del ferrocarril para guiarse, de ahí que volaba por encima de nuestras casas.

Volviendo los recuerdos a mis diez años más o menos, éstos se tornan más exactos. En la misma manzana de casa y en la otra esquina hacia la plaza estaba un almacén de la firma Sanchez y Galli,  allí nos surtíamos de comestibles. Más tarde compró ese lugar la familia Amicucci, siempre continuando en el mismo ramo. Antes de llegar a la esquina vivía la familia Revello, pegado a nuestro terreno.  Frente a la esquina de la plaza  como quien va a la escuela, estaba el herrero Rotondo. Acá cabe recordar un pequeño incidente. Pasaba siempre por ese lugar y un buen día ví un hermoso camioncito de madera y chapa que fabricaba Víctor, no pude menos que decirle que me lo vendiera, No le avisé nada a mis padres, al rato llegó a casa con el  camioncito, me lo entregó y me dijo, son setenta centavos. Iba a pedirle a mamá las monedas cuando de pronto salió mi padre a retarme por haberlo encargado sin permiso. ¿Sería mucho dinero en ese tiempo?, digo por la reacción del viejo. Detrás salió mamá con las monedas y le pagó a Víctor. Igual me  retaron los dos. Pero yo chocho con mi hermoso juguete pintado de rojo y blanco.

Siguiendo  con el recorrido, en la esquina opuesta al almacén estaba la fonda de Estrada donde de noche se reunían algunos amigos de mi papá, el inclusive, a jugar al mus. Pero antes de las diez de la noche ya estaba de regreso. Teníamos con mamá un poco de temor cuando quedábamos solos ya que al no haber luz eléctrica debíamos alumbrarnos con lámparas de querosén y estas daban muy poca  iluminación.

En pleno verano y cuando había luna llena solo me dejaban salir a la calle.

Ruego al lector que disimule mi  desprolijidad  ya que mientras escribo voy recordando, por eso no están los hechos narrados cronológicamente. 

Regresemos a mis felices tres añitos.

Por entonces, año cuarenta más o menos visitaba Iriarte  Carolina Lorenzini,  la primer mujer aviadora de Argentina, era recibida en el pueblo por el delegado de la municipalidad de Gral. Pinto Sr. Cabezas. Mi padre que gustaba mucho de la aviación fue en la comitiva  de recepción y me llevó en brazos. Al llegar donde aterrizó el avión, detrás de la estación había una especie de pista de aterrizaje, y al oír el ruido del motor del avión me largué a llorar. En ese momento la dama me alzó en brazos, y mi viejo feliz! que me tuviera a upa una gloria de la aviación argentina.

Como se puede ver yo era bastante llorón cuando sentía miedo. La señora Carolina falleció poco tiempo después en un accidente con su avión.

Continuando con el recuerdo de aviones quiero contar que casi siempre pasaba por Iriarte un avión que comenzaba a escribir a gran altura la palabra, safac,  despedía de la cola del avión un humo blanco compacto que a medida que hacía piruetas  iba escribiendo sobre el azul del cielo con letra minúscula. ¡Qué capacidad de manejo del piloto!. Se llamaba  Siro Comi. Al fin era la publicidad de una nueva marca de yerba mate. Duraban bastante tiempo en esfumarse las letras en el aire.

Vivía en Iriarte un señor llamado Zacarías Aramburu.

Don Zacarías era una de esas personas como el dicho, haz el bien sin mirar a quien, servicial y comprometido con la sociedad para quién lo necesitara, aún en las circunstancias más difíciles.

Lo que voy a narrar ahora es un acontecimiento que conmocionó a todo el pueblo de Iriarte en un frío día de invierno. A mi particularmente. Primero debo contar que en ese tiempo me había hecho amigo de un muchacho que trabajaba de cambista en la estación. Se llamaba Chiaparelli.  Yo solía acompañarlo cuando tenía que hacer un cambio de vías pues llegaba un carguero y en pocos minutos pasaba el  tren rápido.  Una vez que el tren de carga está en la vía segunda queda despejada la vía principal para dar paso al tren de pasajeros. Varias veces íbamos hasta el paso a nivel donde estaban los cambios y el me hacía levantar la palanca, al ver que yo no podía pues era muy pesada, se reía. Nos hicimos muy amigos a pesar de la diferencia de edad.

Una helada madrugada al subir a la máquina, resbaló de los escalones con tan mala suerte que cayó debajo del tender. El maquinista al darse cuenta paró inmediatamente pero ya habían pasado las ruedas por encima de nuestro amigo ferroviario.

Me duele en el alma y se  me hace muy difícil narrar esta triste historia, pero es la cruel verdad. Tan pronto esto sucedió el jefe llamó a don Zacarías para que lo extrajera de las vías. Al sacarlo tuvo que cortarle las dos piernas pues todavía estaban adheridas con los músculos. Contaban que el infortunado muchacho le pedía a  Zacarías que le quitara la vida ya que el dolor era insoportable.  Demás está decir que la máquina rápidamente enfiló hacia Junín al hospital para tratar de salvarlo. Pasando Alberdi Chiaparelli expiró.

Creo que no hace falta contar nada más sobre este abnegado ciudadano de Iriarte. Su fortaleza física, su espíritu solidario y su decisión para abordar los momentos más difíciles eran la virtud de don Zacarías Aramburu.

Los años de mi niñez en Iriarte fueron los más felices de mi existencia, Al ausentarnos, cuando ya había cumplido los doce, me invadió una mezcla de tristeza y expectativa. Recuerdo el día que nos fuimos definitivamente de Iriarte para venir a vivir a Chacabuco, lugar de la adolescencia de mi padre. Al pasar con el auto, y el camión detrás con los muebles, frente a la casa de don Leandro, nos estaban esperando en la vereda doña Lela y Machi. Se notaba en ellas un dejo de tristeza en sus rostros, pero lo que más me emocionó fue ver a doña Lela secarse las lágrimas con un pañuelo y con la otra mano saludando con lentitud como un presagio de que ya no nos volveríamos a ver nunca más. Y así fue.

Me sentía triste pues abandonaba mi terruño, mis amigos, la gente buena  y servicial que distinguía a ese añorado pueblito. Por otro lado la expectativa de saber cómo sería vivir en otro lugar tan distinto y sin conocer a nadie. Hasta el día de hoy habiéndome adaptado a Chacabuco y su gente, después de 71 años recuerdo con nostalgia  mi niñez, pero a la vez siento que mi corazón nunca se fue de Iriarte.

Abril de 2021

Intercambios entre Oscar Marzol y José Oscar Paganini

oscarmarzol

Mar 20/4/2021 21:16

Para: José Oscar Paganini

Mi «querido» – aunque aún no nos hemos encontrado personalmente – José Cacho Paganini, gracias por tan lindo relato.  Formará parte de un momento especial e inicial de nuestro pueblo. 

Espero «nuevos capítulos»

Gracias, muchas gracias. 

Un gran abrazo

Oscar Marzol

José Oscar Paganini 

Mar 20/4/2021 22:36

Me permito decirle,  AMIGO Oscar, me alegró mucho su devolución. Hoy mismo cuando se lo estaba enviando y lo leía, pensé si podría llegarle a gustar, pero rebasó mis expectativas, me siento muy feliz que pueda servirle como referencia de un momento en la historia de nuestro querido Iriarte. Le mando un abrazo a la distancia. Hasta pronto…

José Oscar Paganini 

Vie 23/4/2021 12:37

FE DE ERRATAS

Estimado Oscar, exprimiendo el cerebro he recordado algo más, espero le sea útil, hay nuevos nombres. Le mando un abrazo a la distancia.

¡Mil gracias!

FE DE ERRATAS, del anterior escrito.

Donde dice, Aroldo, debe decir Haroldo

“ “ “ Corina Etcheto, debe decir Trinidad Etcheto

RECUERDOS DE MI INFANCIA (segundo relato)

(para agregar después de la anteúltima página)

Continuando con mis memorias, recuerdo el día que mi padre me enseñó a manejar un Ford A, yo ya dominaba el volante pues a veces me llevaba en la falda cuando salíamos para Alberdi lo que me sirvió de experiencia, Ahora faltaba que saliera solo. Me puso dos almohadones en el respaldo para poder llagar a los pedales y me explicó cómo debía hacer. Yo me daba cuenta ya que lo observaba siempre al viejo. Salí del patio de casa a los tirones, pero cuando puse la segunda fue un placer. Me mandó a la verdulería de un señor Marinelli, a pocas cuadras de casa. Lo hice muy bien y volví triunfal con la mercadería. Tenía por entonces 10 años.

Otra vez me dijo que fuera a cargar nafta y así lo hice. El surtidor con bomba manual era operado por el señor Garay, creo que pertenecía al Sr, Costantini, a tres cuadras de casa camino hacia el Club. Cuando terminó de cargar, con un poco de vergüenza, le pedí a don Garay que me colocara el auto mirando hacia casa. Todavía no sabía hacer marcha atrás.

De regreso me paró un señor a caballo, frené y reconocí a don “Pepe” Romitelli, que me dijo; tenes que acostumbrarte a manejar por la derecha. Yo siempre iba por el medio de la calle, y hacía poco que había salido la ordenanza con el slogan,”conserve su derecha”. Antes se manejaba por la izquierda, costumbre Inglesa, como los ferrocarriles, que todavía no cambiaron.

Mi padre había adquirido la casa que se hallaba en la otra manzana en la esquina, también en dirección al Club. Allí funcionó la primera escuelita donde cursé mi primer grado. Corría el año `44, nuestra maestra era la señorita Andrenachi, a la directora la nombraban con el apodo de “Pochola” ( no recuerdo su apellido ).

El jefe de estación Sr. Marcos Armada, me daba permiso para ensayar en el telégrafo y así aprendí el código Morse. Esto me sirvió cuando tuve que dar examen acá en Chacabuco para obtener la licencia de Radioaficionado ( LU4DEK)

Recuerdo el revuelo que se armaba en el pueblo cuando venían a la estafeta postal a buscar correspondencia, las artistas de la capital. Ellas eran, unas actrices de cine principiantes, Mirta Legrand, Sivana Ross y algún actor, creo que era Carlos Tompson. Estaban de paseo en la estancia San Alberto y venían a caballo con el atuendo campestre “breechs” y ropa acorde para la ocasión. Salíamos a la calle corriendo a verlas.

Agregado de Oscar Marzol : Estancia «San Alberto»
El 7 de mayo de 1869, Diego de Alvear adquiere 250.000 hectáreas. Por un problema fronterizo entre provincias, los campos donde se ubica la estancia, se convierten en parte de la provincia de Buenos Aires.En octubre de 1893, Ricardo Lézica y Pedro Christophersen, en nombre de sus esposas Teodelina Alvear de Lézica y Carmen Alvear de Christophersen, se presentaron al Gobierno de la Provincia de Buenos Aires solicitando la aprobación de una colonia, llamada «San Ricardo».La casa principal fue contruida a principios del siglo XX. En la década de 1930, las tierras fueron heredadas por Carmen Christophersen Alvear casada con Alberto Dodero. Desde ese momento la Estancia adquiere su nombre actual.

A finales del año `45 ya habían construido la escuelita Nº 5, la maestra doña Cora Etcheto, y la directora Señorita María del Carmen Vasconcelos, nos pedían alimentos no perecederos para enviarle a los sobrevivientes del holocausto de Hiroshima. Juntamos mucha mercadería.

Continúo escribiendo de manera no cronológica.

En verano mi padre solía dormir bajo las plantas del patio en un catre. Contaba que una noche lo alumbraron con una linterna desde la calle y a la voz de “quién vive” el viejo se despertó, sacó su Colt 32 largo, de debajo de la almohada y apuntó hacia quien lo alumbraba. De inmediato se dio a conocer el policía de ronda, Sr. Luna, que sospechaba que había un ladrón en casa, al ver un bulto en la oscuridad.

Mi papá siempre llevaba su arma de noche cuando salía ya que por no haber luz eléctrica, en el oscuro podía ser asaltado. ( Ya en esa época!! ) El comisario en ese entonces era un señor de apellido Pasetti, alrededor del año `47.

Al final de nuestra casa sobre la calle principal (ex ruta 7) mi padre había construido un galpón que le alquilaba al Sr. Orazi.

Su esposa, Josefina , solía tenerme en su casa cuando mis padres se iban solos a la capital, a veces por dos días. Siempre muy buena y solidaria doña “ Pepa”.

Poco antes de venir a vivir a Chacabuco, mi padre vendió las dos casas, la nuestra al Sr. José Romitelli. Y la otra no recuerdo a quién.

Plural: 8 comentarios en “Iriarte, antes de 1950”

    1. Como lo dije al principio, el Sr. Oscar Marzol me indujo a escribir mis recuerdos de Iriarte. Me alegra pues esto puede alentar a otras personas de mi época a contar sus vidas pasadas en Iriarte que hoy estén viviendo en otros lugares. Esta página del Museo está rica en recuerdos y cosas de antaño. Yo todavía no tuve la oportunidad de visitarlo, espero que sea pronto. Un cariñoso saludo a todos los Iriartenses.

      1. Me es imposible comunicarme con el Sr. Paganini . Creo hay un error en su mail.

  1. Que lindo volver a las raíces donde nacimos…Cacho Paganini es un grande en el amplio sentido de la palabra..me emocionó mucho tu historia de vida en Iriarte y muestra tu cariño a ese lugar tan representativo en tu vida..felicitaciones por valorar y atesorar en tu corazón tantos detalles de tu niñez..

  2. Cacho felicitaciones!!! Una gran persona…se de tu sensibilidad y amor hacia tu lugar natal por la emoción con la que contas lo que recordas de tu niñez..

  3. En primer lugar quiero felicitar al Sr. Oscar Marsol por el Museo y en especial por este espacio para compartir los recuerdos, la historia viva de un pueblo, la memoria de quienes vivieron y saben valorar a Iriarte.
    Desde chico he escuchado hablar a mi abuelo de Iriarte, José Oscar Paganini, mi abuelo Cacho, es un enamorado de Iriarte y su hermoso cielo azul que muchas veces escuché evocar. A él mis felicitaciones por transmitir tantas emociones y traer en palabras otros tiempos.

    Muchas gracias,
    Paganini Nicolás

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