Don Rosendo

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Compartimos con Ustedes el relato que obtuvo el TERCER puesto en el III Concurso Internacional de Relatos de Campo y Pueblo.

Su autor, Ignacio Lafferriere, nació en 1975,  en la Ciudad de Buenos Aires, donde vive actualmente. Arquitecto de profesión apasionado por la escritura en diversos formatos (novela, cuentos, teatro, guiones) y, casi siempre, inclinándose para el lado de la comedia.

Ha trabajado como guionista de cine y televisión, publicado trabajos de humor gráfico y colaborado con textos en diversos medios. En el 2017, su obra teatral “Meta” obtuvo una mención del jurado de la “Fiesta del Cigomático Mayor”, representándose en el marco del Festival en Santa Rosa, La Pampa. En el 2020 resultó ganador de la VIII Edición del concurso “Yo te cuento Buenos Aires” organizado por la Legislatura de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires.

Don Rosendo

Don Rosendo llegó a las seis de la mañana en punto al banco de hormigón
de la plaza central del pueblo. El que estaba frente a la Iglesia, justo debajo del
montecito que le proporcionaba sombra en las horas del mediodía. Así
arrancaban siempre sus jornadas laborales, ubicándose en su rinconcito, su
“boliche” como le gustaba llamarlo y, desde ese punto estratégico, brindaba sus
servicios profesionales. Su trabajo resultaba difícil de encuadrar, no estaba
100% enmarcado en el rubro gastronómico y era algo más que artesano o un
simple asesor. Don Rosendo, básicamente, cebaba mates. Los mejores. No
necesitaba publicidad, todos sabían que no tenía competencia como cebador de
la zona, su fama había traspasado fronteras y a lo largo de la jornada se veían
forasteros de localidades vecinas haciendo fila ante Rosendo con tal de
garantizarse un turno. De grurí ya se destacaba preparando unos buenos
amargos y las malas lenguas, decían que había aprobado la primaria porque le
cebaba a las maestras. Un buen día, ya adolescente, se le ocurrió pedir
colaboración “a la gorra” por sus servicios y, con los años, empezó a cobrar una
tarifa fija. Rosendo tenía ya más de medio siglo de vida y casi cuarenta
temporadas deleitando a sus clientes. No se había hecho millonario pero tenía
un buen pasar. Contaba con una habilidad natural para sacudir el mate con la
fuerza y el tiempo justo para sacarle el polvillo a la yerba y dejarla con la
inclinación justa para calzar la bombilla. Pero el secreto de su éxito residía en
que la palma de su mano izquierda, con la que tapaba la boca del recipiente, no
se lavaba jamás. “Para que la infusión no tome gustito a jabón”, detallaba a quien
le pedía explicaciones.


El Comisario Espinoza era uno más entre la destacada clientela de Rosendo.
A media mañana, religiosamente, mandaba a algún oficial desde el cuartel hasta
la plaza solo para que el experto se encargara de cebarle el mate. Y el cebador
nunca le cobraba, ni lo defraudaba. “Una atención para el Jefe”, decía cuando el
policía intentaba abonar. Por eso, la mañana de marzo en que vio venir en carne
y hueso al Comisario, Don Rosendo supo que algo extraño sucedía. El
representante de la ley llegó al alba, cuando todavía no había clientes
merodeando para encararlo.
-¿Sabe por qué estoy acá, Don Rosendo? -preguntó el Comisario, quien no
se atrevía a mirar a su interlocutor a los ojos.
-Dígame usté -respondió, escueto, el cebador.
-¿No recuerda lo de anoche en la pulpería de Braulio?
Un silencio se presentó en el lugar. Uno de reflexión. Una pausa de estudio.
Los hombres calculaban sus próximos movimientos y sus palabras. Cada uno
tenía una carta guardada o, al menos, una estrategia. Aquella reunión no los
sorprendía, ambos sabían que, tarde o temprano, ocurriría.
-No mucho, la cerveza caliente me hace perder la memoria, Espinoza -se
excusó Don Rosendo alzando los hombros, como desentendiéndose.
-Voy a ir directo al grano. Hay una denuncia en su contra por agresión física.
Evaristo Reyes perdió una muela por un cachetazo suyo.
-¿¿¿Mío??? Imposible, Comisario…
-Vamos, Don Rosendo, no se haga el sota. Estaban jugando una partida de
truco, usted estaba perdiendo, los parroquianos seguían la cuenta de porotos,
hubo un apagón en la pulpería y en plena oscuridad se escuchó un ¡PAF!, un
cachetazo, se armó tumulto, Evaristo apareció tirado en el suelo con un diente
menos y usted se fugó -detalló el policía.


Don Rosendo parecía inmutable, como si nadie lo hubiera acusado de nada,
se mantenía callado, con una parsimonia exasperante. Por su parte, el Comisario
Espinoza estaba perdiendo la paciencia.
-¿Hay pruebas? -apuró el cebador.
-Una mancha verde en la mejilla derecha de la víctima, con restos de polvillo
de yerba mate -jugó su as el jefe.
-Pero yo soy diestro.
-¡Vamos Rosendo, enfrente la realidad!
-¿Qué es lo que quiere, Comisario? ¿Usté pretende que reconozca que le
pegué un sopapo a ese tramposo de Reyes que se estaba carteando? ¡Tres
manos seguidas con el ancho bravo! ¿Dónde se ha visto?
-¿Entonces lo admite?
.-No admito nada.
Espinoza se sentó al lado de Rosendo. Nunca nadie se había atrevido a
sentarse allí. Ese gesto de intimidad descolocaba al cebador, sentía que su
personaje y su coartada se desarmaban.
-Yo lo quiero ayudar, Don Rosendo. Por eso vine a buscarlo solo, si venía con
mis muchachos lo llevaría esposado. Quiero levantar la denuncia y evitar
problemas para todos. A nadie le conviene todo este barullo. Usted sabe que es
una personalidad en el pueblo, más importante incluso que el cura o el intendente
-se sinceró el representante de la ley.
-No es para tanto, Comisario.
-La verdad sea dicha, Don Rosendo. Y queremos evitar que una celebridad
de su calibre entre en desgracia por una pavada como un cachetazo mal pegado.
-¿Qué propone?
-La única posibilidad de salvarlo, según estuve charlando con el Fiscal es que
se lave las manos para eliminar la única pista que tenemos en su contra. De esa
manera, nadie lo va a poder acusar.
Don Rosendo se puso de pie ofendido y empezó a caminar en círculos
alrededor de su banco. Estaba nervioso e indignado. “¿Cómo se atreven a
pedirme eso?” pensaba. Mascullaba bronca. Lo habían puesto entre la espada y
la pared por una simple bofetada. ¡¿Se habían vuelto locos?! El Comisario y el
fiscal estaban dispuestos a dilapidar al mejor cebador de mates de la historia, a
la atracción principal del pueblo por un simple sopapo durante una partida de
truco. Porque Don Rosendo representaba una industria en la comunidad, el bar
de la esquina y la estación de servicio vendían agua caliente para los termos, al
igual que el almacén y el chino, comerciaban con la yerba “recomendada” por el gran cebador, mientras que un par de vendedores ambulantes vendían porongos
y bombillas. ¡¿Qué mente descabellada podía pergeñar semejante estupidez?!
-¡De ninguna manera! -fue la primera respuesta, la reacción instintiva de
preservación de Don Rosendo.
-Tómese su tiempo. No es solo la posibilidad de cárcel, Reyes está
reclamando una compensación por daños y perjuicios. Usted sabe cómo son los
abogados… Parece que el Doctor Fontela está detrás del caso, dicen que
intentará demostrar con peritos que, a causa del cachetazo en la oscuridad, su
cliente le teme a la penumbra y debe dormir con la luz prendida. Pretende, entre
otras cosas, que le paguen de por vida la factura de electricidad.

-¡No pienso lavarme! ¡Esta palma izquierda es mi vida! Mi personalidad, la
razón de mi existencia…¿Por qué te creés que la multitud quiere mis mates? Por
la pureza de mi mano… -levantó la voz el cebador, tuteando, por primera vez al
Comisario.
-Justamente, esa mano no es común y corriente, el abogado también sugiere
que, por tanto agitar el mate está sobreentrenada, con una potencia similar a la
de un boxeador profesional. Ya le digo, están buscando cualquier artilugio legal
para sacarle plata. Van a ir hasta las últimas consecuencias.
Don Rosendo estaba alterado, no podía parar de moverse y el Comisario
percibió que era el momento de dar la estocada final. El pobre hombre estaba a
punto de derrumbarse emocionalmente. Los primeros clientes que empezaban
a llegar se mantenían alejados, percibían un aire extraño en el ambiente y
cuchicheaban entre ellos. Las habladurías no tardarían en correr por el pueblo.
-Déjeme solo, Comisario… Se lo ruego -suplicó, al borde del llanto, Don
Rosendo, dejándose caer en el banco.
Espinoza, respetuoso del mal momento del cebador, ahuyentó a los curiosos,
cruzó a la Comisaría y ordenó a dos de sus muchachos que mantuvieran
alejados a los clientes de Don Rosendo. Ese pobre hombre merecía su momento
de reflexión en paz.
Las horas siguientes transcurrieron con una intensidad inusitada para un
pueblo pequeño y sereno. Los habitantes estaban expectantes, desde las
persianas vecinas, por cualquier rendija o ventana, fisgoneaban a Don Rosendo,
cabizbajo en su bolichito. ¿Qué estaría tramando?, se preguntaban los
automovilistas que le dedicaban un bocinazo cortito a modo de saludo o los
escasos transeúntes que iban y venían. El cebador, herido de muerte en su
orgullo sopesaba cada alternativa. Lavarse la palma de la mano que lo había
hecho famoso, que lo había transportado a la cima del Olimpo del Mate, de la
bebida nacional por excelencia era un golpe duro de asimilar. Pero no tenía
opción. Ninguna otra alternativa lo conformaba. Tampoco podía ser tan
obstinado para sacrificar su pequeña fortuna por un cobarde oportunista que lo
denunciaba. La historia lo redimiría y en cada nuevo mate volvería a formarse
esa costra verde, esa especie de caparazón de tortuga en la palma izquierda. Al
fin y al cabo no sería tan terrible.


El Comisario desde el ventanal de su oficina frente a la plaza seguía cada
movimiento de Don Rosendo. Esperaba que el hombre no tomara ninguna
determinación trágica. Si provocaba el suicidio de la principal figura pública del
pueblo tendría que renunciar. Pero confiaba en su instinto. Sabía que estaba
ante una persona sensata, incapaz de quitarse la vida por una pavada. Cuando
a media mañana lo vio levantarse y dirigirse al cuartel sintió alivio. La decisión
estaba tomada.


-Vengo a lavarme la mano ante usted -exclamó, altivo, incluso con orgullo,
Don Rosendo.
-Shhh… No lo diga tan fuerte, amigazo. La idea es que usted ya tenía limpia
la mano desde ayer -le advirtió el Comisario.
El cebador utilizó el baño privado del Jefe y demoró más de diez minutos para
quitarse la costra verde. Tuvo que fregar fuertemente con jabón blanco y meterle
duro con el cepillo para sacar la mugre de las uñas. Al mirarse en el espejo del
botiquín se le cayó una lágrima. ¿El sistema lo había vencido? Se recompuso
rápidamente y volvió al despacho del Comisario.
-Hizo lo correcto, amigazo -lo consoló Espinoza.

Don Rosendo no quiso, o no pudo, contestar. Sin mediar palabra salió de la
Comisaría algo apesadumbrado pero se vio sorprendido por una pequeña
multitud de curiosos vecinos que lo aguardaban como una legión de paparazzis
a un estrella de cine. El aplauso espontáneo de la comunidad le devolvió la calma
y la sonrisa. Rosendo sintió el sincero reconocimiento y levantó sus brazos en
señal de agradecimiento. Esas palmas relucientes que podrían haber sido el
símbolo de una derrota se alzaban altivas como el signo cabal de un hombre con
principios, capaz de inmolarse para seguir sirviendo a su público. Ese día de
marzo, que el pueblo rememoraría por siempre, Don Rosendo no pudo brindar
sus servicios y rodeado de afecto se fue directo a su casa.


El Comisario, desde su escritorio observaba la escena conmovido y
satisfecho por el deber cumplido. Esa mañana, en honor a Don Rosendo, no
tomó mate. Se sirvió un café y llamó al Intendente.
-Listo, Señor, logramos que se lave las manos. Las fuentes de trabajo y el
prestigio del pueblo están a salvo. Todo salió a la perfección, Don Rosendo no
sospecha que todo lo armamos porque últimamente los mates venían con un
gusto raro. Y de paso nos evitamos coimear nuevamente a los de bromatología
provincial -reportó Espinoza

Ignacio Lafferriere

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