

La Pulpería del Museo Iriarte es mucho más que una recreación histórica. Es uno de los espacios más representativos del museo y una invitación a regresar a una época donde los encuentros, las conversaciones y la vida social giraban alrededor de un mostrador, una mesa compartida y una bebida servida entre amigos.
Inspirada en los antiguos boliches y pulperías rurales que durante generaciones fueron el centro de la vida comunitaria en los pueblos argentinos, esta construcción permite experimentar de cerca cómo eran aquellos lugares que funcionaban como almacén, bar, punto de reunión y espacio de intercambio social.
El desafío de recrear una verdadera pulpería
La necesidad de incorporar un espacio gastronómico dentro del recorrido del museo llevó a pensar en una propuesta que estuviera en sintonía con el proyecto general.
La idea no era construir simplemente una cafetería para los visitantes, sino recrear un auténtico boliche de campo, respetando su arquitectura, mobiliario y espíritu original.
La oportunidad llegó hacia fines de 2018, cuando Daniel Giannattasio, de San Andrés de Giles, informó sobre la existencia de un antiguo bar desmontado y conservado en una chacra cercana a San Antonio de Areco.
Su propietario era Juan Miguel Arbucó, conocido como “El Negro”, quien había rescatado años antes gran parte del mobiliario y los elementos originales de una histórica pulpería bonaerense.
Tras las primeras conversaciones y una visita para conocer el material disponible, comenzó un largo proceso de negociación que incluyó inventarios detallados, intercambios de fotografías, presupuestos y múltiples conversaciones destinadas a garantizar que el conjunto pudiera conservarse íntegramente.
Una colección excepcional
Lo que finalmente llegó al Museo Iriarte fue mucho más que un simple mobiliario.
La incorporación incluyó grandes mostradores originales con rejas, estanterías de época, cientos de botellas antiguas —muchas de ellas conservando aún sus contenidos originales—, vasos de pulpería, jarras, balanzas, máquinas de café, molinillos, carteles publicitarios esmaltados, carameleras, adornos, cajones de almacén, libros contables y una enorme variedad de objetos que formaban parte de la vida cotidiana de los antiguos comercios rurales.
Cada pieza aporta autenticidad al conjunto y ayuda a reconstruir la atmósfera que caracterizaba a estos espacios durante buena parte de los siglos XIX y XX.
Construcción y ambientación
Una vez asegurada la adquisición del material, comenzó el proceso de construcción del edificio que albergaría la pulpería.
La obra fue diseñada buscando reproducir la estética de las antiguas construcciones rurales. Para ello se utilizaron ladrillos recuperados de hornos antiguos, seleccionados especialmente por su textura y apariencia envejecida.
Las paredes fueron levantadas utilizando técnicas tradicionales, combinando barro y cemento, mientras que el techo fue construido con madera de pinotea y ladrillos, replicando los sistemas constructivos característicos de la época.
El trabajo estuvo a cargo de Javier Zícaro y su equipo, quienes asumieron el desafío de transformar el proyecto en una construcción auténtica y funcional.
Posteriormente, el ingeniero Eduardo Manessi incorporó el sistema de iluminación, logrando recrear una ambientación cálida y acorde al espíritu del lugar.
Las mesas y sillas fueron seleccionadas especialmente para complementar el conjunto y fueron adquiridas en la ciudad de Rosario. Por su parte, los sanitarios fueron diseñados por la arquitecta Alejandra García, integrándose armónicamente al espacio sin alterar la estética general.
Un lugar donde la historia vuelve a encontrarse
Durante décadas, las pulperías fueron mucho más que simples comercios.
Eran lugares de encuentro para viajeros, productores rurales, trabajadores y vecinos. Allí se realizaban compras, se compartían noticias, se organizaban reuniones y se fortalecían los vínculos de cada comunidad.
La Pulpería del Museo Iriarte recupera ese espíritu y permite que nuevas generaciones puedan comprender el papel fundamental que estos espacios tuvieron en la vida social de los pueblos argentinos.
Hoy, entre mostradores centenarios, botellas antiguas, mobiliario original y objetos cargados de historia, la pulpería vuelve a abrir sus puertas para recibir visitantes, manteniendo viva la memoria de una forma de vida que forma parte de nuestra identidad cultural.
Más que una exhibición, es una experiencia que invita a detenerse, observar y reencontrarse con las raíces de la vida rural argentina.