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Audioguía
Donde los objetos encuentran una segunda oportunidad

La Chatarrería del Museo Iriarte es uno de esos espacios que reflejan a la perfección la esencia del proyecto: rescatar aquello que muchos consideran viejo, inútil o destinado al olvido, para devolverle valor, historia y significado.

A simple vista, una chatarrería puede parecer un lugar desordenado, lleno de hierros, chapas, herramientas gastadas, ruedas antiguas, alambres, botellas y piezas de procedencias diversas. Sin embargo, detrás de cada uno de esos objetos existe una historia, un oficio, una familia o una etapa de la vida de nuestros pueblos.

Por eso, dentro del recorrido del Museo, este espacio ocupa un lugar especial.

Una idea nacida entre mates y pasteles

La creación de la Chatarrería tiene como principal protagonista a Antonio Cases, uno de los grandes colaboradores del Museo Iriarte.

Durante años, Antonio y su familia participaron en numerosas tareas vinculadas al crecimiento del predio, aportando maquinaria, camiones y experiencia para trasladar tierras, acomodar estructuras pesadas y colaborar en distintos proyectos de construcción.

En más de una oportunidad, sus equipos fueron fundamentales para mover piezas de gran tamaño que hoy forman parte del patrimonio exhibido.

Fue en una de esas tantas conversaciones compartidas, acompañadas de mates y pasteles, cuando surgió una propuesta particular.

Oscar Marzol desafió a Antonio a encargarse de crear una auténtica chatarrería dentro del Museo.

La consigna era clara: diseñarla, buscar los materiales adecuados y dejar en ella su propia impronta para que su nombre quedara ligado para siempre a ese rincón del “pueblito”.

Lejos de esquivar el desafío, Antonio aceptó inmediatamente.

El rescate de una antigua casilla

La búsqueda comenzó poco tiempo después y tuvo un hallazgo fundamental.

En una chacra de la familia Vidaurre, en la localidad de San Gregorio, apareció una antigua casilla montada sobre ruedas de hierro que conservaba gran parte de su estructura original.

La construcción tenía el aspecto ideal para convertirse en el corazón de la futura Chatarrería.

Luego de concretar la adquisición, Antonio y su hermano Miguel organizaron el traslado. Con la ayuda de elevadores, camiones y mucha experiencia, lograron cargar la pesada estructura y llevarla hasta el Museo Iriarte.

Al finalizar la jornada, la vieja casilla ya se encontraba instalada en el lugar elegido para comenzar una nueva etapa de su historia.

Un trabajo de recuperación

Una vez ubicada en el predio, comenzó la tarea de restauración.

Con la colaboración de Miguel Benítez, vecino de Iriarte, la estructura fue recuperando estabilidad y presencia, respetando siempre su aspecto original y su identidad histórica.

Poco a poco fueron incorporándose herramientas, piezas metálicas, ruedas, chapas, elementos mecánicos y numerosos objetos vinculados al trabajo rural, ferroviario e industrial.

Cada incorporación ayudó a recrear el ambiente característico de las antiguas chatarrerías que durante décadas formaron parte del paisaje de los pueblos argentinos.

Mucho más que chatarra

La Chatarrería del Museo invita a reflexionar sobre el valor de los objetos y la importancia de preservar la memoria material de una comunidad.

Lo que para algunos puede parecer simplemente un conjunto de hierros viejos, para otros representa años de trabajo, innovación, esfuerzo y progreso.

Muchas de las herramientas, piezas y materiales exhibidos formaron parte de actividades que impulsaron el crecimiento de los pueblos, acompañaron tareas rurales o fueron protagonistas silenciosos de la vida cotidiana de generaciones enteras.

Un espacio siempre abierto a nuevas historias

Como sucede con tantos sectores del Museo Iriarte, la Chatarrería nunca puede considerarse terminada.

Su propia naturaleza la convierte en un espacio dinámico, en permanente crecimiento, donde siempre puede aparecer una nueva pieza, una herramienta olvidada o un objeto capaz de sumar una nueva historia al conjunto.

Por eso, más que una exhibición estática, la Chatarrería representa una forma de entender el patrimonio: rescatar, valorar y conservar aquello que el paso del tiempo parecía haber condenado al olvido.

Un homenaje a quienes supieron ver oportunidades donde otros solo veían chatarra.