



La relojería del Museo Iriarte rescata uno de los oficios más precisos y admirados de otros tiempos: el arte de medir y reparar el tiempo.
Este espacio recrea el ambiente de los antiguos talleres de relojeros, donde pequeñas herramientas, delicados mecanismos y una enorme paciencia daban vida a relojes de pared, despertadores y relojes de pulsera que acompañaron durante generaciones la vida cotidiana de familias enteras.
Luego de construir una sala especialmente destinada a esta temática, el Museo Iriarte comenzó a reunir piezas vinculadas al universo de la relojería.
Con la colaboración del amigo Marcelo Sosa, de San Andrés de Giles, el 24 de agosto de 2021 se adquirieron máquinas, herramientas, elementos técnicos y numerosos relojes antiguos.
Posteriormente, mediante búsquedas y adquisiciones realizadas en distintos puntos del país, se incorporaron relojes de pared, relojes de bolsillo, relojes de pulsera para hombre y mujer, muebles de relojero, repuestos y múltiples objetos vinculados al oficio.
De esta manera, el espacio quedó completamente ambientado como una auténtica relojería de época.
La historia de la relojería es también la historia de la humanidad intentando comprender, medir y organizar el tiempo.
Desde tiempos antiguos, distintas civilizaciones observaron los movimientos del sol, la luna y las estrellas para establecer calendarios y organizar las actividades agrícolas, las cosechas y la vida cotidiana.
Con el paso de los siglos fueron apareciendo diferentes dispositivos capaces de medir el tiempo con mayor precisión:
- relojes solares
- relojes de arena
- relojes de agua
- mecanismos mecánicos
- relojes eléctricos y electrónicos
Cada avance tecnológico permitió mejorar la exactitud de la medición y facilitar el acceso a estos instrumentos.
Durante gran parte del siglo XX, las relojerías ocupaban un lugar importante en pueblos y ciudades.
El relojero era un artesano especializado que trabajaba con piezas diminutas, engranajes, resortes y mecanismos extremadamente delicados.
Su tarea requería paciencia, precisión y conocimiento técnico para desmontar, limpiar, reparar y volver a poner en funcionamiento relojes que muchas veces acompañaban a las familias durante décadas.
Los relojes no solo servían para medir el tiempo. También eran objetos de valor personal, regalos importantes y símbolos de progreso y modernidad.
Los relojes de pared marcaban el ritmo de los hogares y comercios; los despertadores acompañaban las rutinas diarias; y los relojes de bolsillo o pulsera se transformaban muchas veces en recuerdos familiares transmitidos de generación en generación.
La relojería del Museo Iriarte permite recorrer la evolución de estos objetos y descubrir cómo funcionaban muchos de los mecanismos que marcaron una época.
Cada pieza exhibida conserva no solo valor técnico y estético, sino también la memoria de una sociedad donde el tiempo comenzaba a organizar la vida moderna.
Hoy, entre herramientas, repuestos y antiguos relojes aún en funcionamiento, este espacio invita a detenerse unos minutos y volver a escuchar el inconfundible sonido del tiempo avanzando.