





Entre las piezas más curiosas y singulares que forman parte del Museo Iriarte se encuentra el antiguo Bañador de Hacienda, una estructura utilizada para el tratamiento sanitario de toros de pedigree y animales de alto valor genético.
Se trata de un elemento poco conocido incluso para quienes estuvieron vinculados al trabajo rural, ya que su uso fue limitado y muy específico. Su presencia en el museo permite rescatar una práctica ganadera que formó parte de la historia productiva argentina durante gran parte del siglo XX.
La historia de esta incorporación comenzó en el establecimiento “El Juncal”, ubicado sobre la Ruta Nacional 7, cerca de la ciudad de Chacabuco. Fundado en 1892, este reconocido establecimiento perteneció a la familia de Cecilia Becu y Rodolfo de Nevares.
Durante años, Oscar Marzol visitó el lugar y mantuvo conversaciones con sus propietarios, fascinado por una extraña estructura que permanecía en los corrales de la estancia. Se trataba de una jaula metálica completamente cerrada, suspendida mediante un sistema especial de elevación y diseñada para permitir el baño sanitario de reproductores bovinos de gran porte.
La pieza había permanecido fuera de uso durante más de siete décadas y ni siquiera las generaciones más recientes de la familia recordaban haberla visto funcionar.
Tras numerosas visitas y conversaciones, la familia decidió donar este valioso elemento al Museo Iriarte, permitiendo así su preservación y exhibición para las futuras generaciones.
Durante muchos años, la sanidad animal dependió de distintos sistemas de tratamiento preventivo y curativo para combatir enfermedades y parásitos que afectaban a la hacienda.
La mayoría de los animales eran tratados en largas mangas de baño construidas en material, donde debían atravesar un canal profundo lleno de agua mezclada con productos sanitarios específicos. Los animales ingresaban por un extremo, nadaban a través del recorrido y salían por una rampa escalonada que permitía recuperar parte del líquido utilizado.
Sin embargo, este sistema resultaba poco adecuado para los toros de pedigree. Se trataba de ejemplares de gran tamaño, elevado peso y enorme valor económico, cuya manipulación requería mayores cuidados.
Para resolver este problema surgieron dispositivos especiales como el que hoy se exhibe en el museo.
La estructura consistía en una jaula metálica cerrada que permitía sujetar al animal de forma segura. Suspendida mediante una robusta cigüeña de hierro apoyada sobre una viga de quebracho, podía elevarse y descenderse para sumergir completamente al toro en el baño sanitario sin exponerlo a los riesgos que implicaba una manga tradicional.
Una vez concretada la donación, fue necesario realizar un relevamiento previo del lugar para tomar medidas y planificar cuidadosamente el desmontaje.
El 28 de enero de 2020, Javier Marzol, Julián Camino, Javier Zícaro y otros colaboradores viajaron hasta el establecimiento para llevar adelante la compleja tarea de desmontar y trasladar la estructura.
Con la colaboración del encargado del campo, don Mario, quien aportó una pala cargadora para facilitar los trabajos, el bañador fue finalmente cargado en el camión de Lucas Marzol y trasladado a Iriarte.
Posteriormente se realizó su montaje dentro del predio del museo, respetando las características originales de funcionamiento y preservando todos los elementos que conformaban el conjunto.
Para complementar la instalación, el espacio incorpora una imponente escultura de un toro realizada con materiales reciclados por el artista Mariano Correa, reconocido discípulo de Carlos Regazzoni.
La obra aporta identidad al conjunto y permite comprender la estrecha relación entre esta herramienta y la actividad ganadera que marcó el desarrollo económico de gran parte de la región pampeana.
Hoy, el Bañador de Hacienda constituye una de las piezas más originales del Museo Iriarte. No solo preserva una tecnología rural prácticamente desaparecida, sino que también permite comprender cómo productores, veterinarios y cabañeros enfrentaban los desafíos sanitarios de una época en la que la innovación surgía de la experiencia, el ingenio y la necesidad de cuidar animales de enorme valor.
Es un testimonio de la evolución de la ganadería argentina y una muestra más del compromiso del museo por rescatar aquellos objetos que forman parte de la memoria productiva y cultural de nuestros pueblos.